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viernes, 16 de enero de 2009

Puertas -I-

-Cuentas de nácar-



Él lo sabía. Sabía que, después de su marcha, irían vertiéndose como a cuentagotas las pequeñas cuentas de nácar que, si llegaba a mirar, le obligarían a recordar, a pararse ante el espejo de sí mismo, a verse como no quería hacerlo.

A menudo acariciaba una imagen amable y complacida de sí, satisfecho de esa apariencia de claridad y firmeza que trasladaba a los demás, de esa impresión de estar de vuelta de todo que mostraba pero, de vez en cuando, algo le obligaba a verse desde otra perspectiva, no peor, sólo distinta, aunque a él le inquietaba esa novedad. Y le inquietaba porque provocaba, rasgada su coraza protectora, que se sintiera desvalido y, al menos de momento, sin un suelo sólido que pisar.

Es ardua tarea construirse durante casi una vida una fortaleza alrededor y un buen basamento donde apoyarse como para que, de pronto, unas pequeñas cuentas blanquecinas obraran ese efecto sobre él y consiguieran hacerle sentir atrapado en una tela de araña de la que deseaba escapar.

Por eso evitaba abrir esa puerta tras la que las perlas cobraban vida. No le gustan los cambios, no se adapta fácilmente a ellos. Necesita tiempo, tiempo y tranquilidad para asimilar y, sobre todo, no sentir agobio. Así que de momento se dedica a ir abriendo todas las puertas que tiene al alcance, todas menos ésa que le quema sólo con pensar en ella.

©Paloma

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