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miércoles, 26 de diciembre de 2007

La causa



Me pregunto a menudo la causa de la infelicidad, de la tristeza de todos aquellos, nosotros, que no carecemos de lo esencial, que llevamos una vida más o menos cómoda.

Si tuviéramos que emplear nuestras energías en buscar alimento, proteger a nuestras crías contra las fieras, hacer fuego cada día para calentarnos o fabricar nuestras propias ropas de abrigo, es decir, en sobrevivir, no nos quedaría tiempo para sentir tristeza.

La falta de contacto con la naturaleza, con nuestras raíces, puede ser la causa de fondo. Si pisáramos sobre la hierba con los pies descalzos, si rozáramos la corteza de los árboles con nuestras manos, si nos abrazáramos a ellos, si sesteáramos en un claro del bosque entre los rayos de sol que reverberan y la sombra fresca, escuchando el canto de los pájaros, el murmullo del viento entre las hojas, si nos bañáramos en fuentes vivas y cristalinas, de agua cantarina que corre entre las piedras, si supiéramos -en fin- sentir a la tierra, su latido, si sincronizáramos el nuestro con el suyo... quizás tanta tristeza se disiparía.

Buscamos pertenecer a algo, a alguien, echar raíces y que las echen en nosotros. Somos criaturas perdidas, indefensas en un mundo civilizado-deshumanizado, de soledad, de aislamiento, de gris.


©Paloma

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sábado, 15 de diciembre de 2007

Llegará mi finde



Hoy los pobres gorriones estaban helados. He aparcado mi coche en uno de esos lugares tan apropiados para ello, llenos de barro y restos de obra, que están -como en barbecho- a la espera de la siguiente temporada constructora. Uno de esos lugares de los cuales nos provee el ayuntamiento por estas tierras, en vez de proporcionarnos plazas de aparcamiento como dios manda.



Pues, como digo, he aparcado mi coche y ¡gracias!, sobre el barrizal helado, al lado de una reja de cuadradillo en la que varios gorriones intentaban solazarse, cosa harto dificil pues aunque el día era claro, la helada, el viento y la sensación térmica estaban muy por debajo de cero a las nueve y pico de la mañana. Sin embargo, ellos no parecían demasiado tristes. Se dejaban caer, revoloteaban y volvían a posarse en la reja.



Me he calado el gorro hasta las orejas, la bufanda hasta los ojos y los guantes casi casi hasta los codos... He salido del coche. Apenas un pequeña rendija dejaba libre el campo de visión y el vaho de la respiración quedaba retenido, caliente, en la bufanda... ¡Qué frío!


El camino al trabajo me lleva por encima del puente que llaman del Azucarero, sobre el río. El agua cristalina, gélida. La luz solar reflejándose en ella, salpicando destellos aquí y allá. Y los patos jugando, dejándose llevar por la corriente, volviendo a subir, persiguiéndose y montando un gran estrépito de graznidos y chapoteos. Hace tiempo que la grulla no se deja ver. Ha debido de emigrar al fin a tierras más cálidas en las que pasar el invierno. Sobre esa parte del río daba el sol y el cielo, en lo alto, era azul, diáfano.


La oscuridad y el frío son los dueños de las callejuelas de la parte vieja. En ellas, aún dan ganas de calarse más el gorro y envolverse un poco mejor en la bufanda. Cómo añora una su cama y el calorcito que allí dejó... Cuatro horitas por delante y otras tres y pico más y llegará mi finde, mi sofasito, mi mantita, mi música... Una sensación placentera me recorre mientras evoco la imagen en mi mente... Pensando en ello, se me hace un poco más agradable el ya de por sí eterno paso de las horas de un sábado de trabajo.


©Paloma

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martes, 11 de diciembre de 2007

El bosque juega




¿Sabes? Esta noche, durante el sueño, he escuchado algo. Un arañazo suave, desorientado, que rozaba en la contraventana como cuando una escoba de enea barre el patio de mi abuela, como cuando se pisan poco a poco las hojas secas del bosque de otoño. Era un sonido esparcido, un chasquido leve.

Arropada en el calor de mi edredón, he entreabierto los ojos, parándome a escuchar. No estaba segura de que lo que oía fuera real o parte de algún sueño del que acababa de volver y ya no recordaba. Atenta, agudizo el oído aún sin variar mi posición, esforzándome en comprender de qué se trata...

Mi casa está en el bosque, en el centro del bosque. Es una casita de madera. Apenas se compone de una sola estancia pero es suficiente para mí porque la mayor parte del día la paso en él. Yo pertenezco a este bosque, soy uno más de sus habitantes. Llegué aquí no sé muy bien cómo -porque era pequeñita como un granito de arroz o incluso más... ¡como uno de mijo!-. Quizá un pájaro me trajo en su pico, quizá la brisa me sopló, suave, mientras dormitaba en una flor. Es un misterio el de mi llegada pero, una vez aquí, pertenezco a este bosque, soy de este bosque.

Vuelvo al calor de mi cama y escucho de nuevo...

Hablan las hojas en la espesura. Conozco su lenguaje. El viento de la noche, no demasiado fuerte, juega con ellas, alborotándolas. Y ellas ponen carita de quejarse y lo hacen con un frufrú apagado. El viento las acaba de despertar, pero están contentas. Son incansables. Les encanta, sea la hora que sea, jugar y parlotear. Viento lo sabe y viene hasta ellas, dulce y cariñoso, y así se siente acompañado. Es duro vagar por los aires sin meta, rodar y rodar por el mundo, ver todas las cosas bellas, admirarlas, amarlas y no poder quedarse ni echar raíces nunca. Por eso disfruta con los árboles. Se agarra a ellos, los zarandea en un fuerte abrazo y, por un instante, se encuentra anclado y ya no se siente tan solo.

De nuevo el roce ahí afuera. No estoy asustada. Algo en él me resulta familiar. Me giro para observar la ventana, bien tapadita y aún al calor. Apenas se filtra un haz de luna, blanquecino, y las luces y sombras de las copas de los árboles perseguidas por el viento llenan la estancia. Distingo una voz, una voz leñosa y pausada que me habla: "¿Vienes a jugar?"

¡Es mi roble! Mi hermoso roble que me da cobijo, que me proteje, que me cuida y me acompaña siempre, siempre. Agachado, doblado sobre su tronco, se ha acercado a mi ventana para invitarme a salir en esta noche de luna y de viento suave.

Perezosa... Me estiro en mi cama. Me la hicieron los duendes con una ramita de mi árbol. Mi cama y mi casa, todo está en él. Jugueteo con los dedos de los pies mientras pienso qué haré. ¡Se está tan a gusto recogidita bajo el edredón! Insiste la voz: "Pequeña, vamos, queremos jugar contigo"...

¡Está bien! Cierro los ojos, me estiro con fuerza y sin querer pensar, para que no me pueda la pereza, me levanto de un brinco y aterrizo en el suelo al pie de la ventana. Pruebo a estirar mis alas. La derecha está un poco entumecida. Las ejercito aleteando despacio. Una vez, otra, otra más... Siiii... Ya puedo salir. Me asomo a la puerta. Amable, una rama del viejo roble está esperándome para trasladarme al lugar de juego. Esa rama que sonaba como un arañazo, suave, desorientado, que rozaba en la contraventana como cuando una escoba de enea barre el patio de mi abuela, como cuando se pisan poco a poco las hojas secas del bosque de otoño y cuyo sonido, como esparcido, sólo era un chasquido leve.

Tengo que ir con mi bosque. Me poso sobre ella y, apenas un instante después, me encuentro inmersa en él. Sólo se oye el silbido del viento, el frufrú de las hojas, la voz leñosa de los troncos y el batir de unas alas pequeñas, de un hada muy pequeña, tan pequeña como un granito de arroz o más aún... ¡como uno de mijo!

El bosque juega.

©Paloma


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http://es.youtube.com/watch?v=J6IBjh86-HY

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Aunque no sé contar cuentos, en ocasiones mi hada me toca con su varita, rocía sobre mí una pizquita del mágico polvo de hadas y, gracias a su encantamiento, soy capaz de contar en un breve relato aquello que de su mundo me muestra.

¿Te ha gustado?


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martes, 27 de noviembre de 2007

Hay que vivir la mañana



Luce un sol espléndido. Hace mucho viento. Dice la radio que ha bajado la temperatura dos grados con respecto a la de ayer. Hay que abrigarse.

Desde mi casa no veo conejos y los árboles, pobrecitos, con sus ramas amputadas se yerguen desnudos y valerosos ante el casi invierno gélido, inclemente. Yo les hablo, siempre les hablo. Y sé que les gusta saber que estoy aquí y que pienso en ellos. Se sienten arropados por esta corriente emocional que va y viene entre nosotros, fluctuante como las olas, como la marea.

No hay gaviotas en este aire, ni sobre estas olas, pero llegan sus chillidos lejanos y percibo el olor a mar, a iodo. La brisa marina me acaricia y mis pies descalzos caminando por la orilla van dejando huellas efímeras que se lleva el agua. Estoy allí y aquí. Hasta mis árboles hunden sus raíces en la arena. Sienten la corriente húmeda que las baña y se mueve entre sus recodos, que arrastra ese frágil suelo en que se asientan.

A ellos les gusta el mar. Y el aire distinto en la costa. Les llevo allí siempre que puedo. Y ahora los traigo de vuelta. Hay que vivir la mañana.

http://es.youtube.com/watch?v=35NhLarjRLI

©Paloma

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domingo, 25 de noviembre de 2007

Suena El Cascanueces




Suena El Cascanueces
(El hada de la mostaza

Y el corazón, a saltitos,
bailotea con sus notas,
las persigue, le esquivan
llamándole, traviesas
Tanto tiempo jugando así
Melancolía de lo que fue
Ausencia, lágrima furtiva
Escozor salino
Dentro de las grietas
Alma cuarteada.

Suena El Cascanueces
(El hada de la mostaza)

Mariposas del recuerdo
Sobre los blancos jazmines
Batir de alas,
Puntilla de sueños.
Enaguas de nube,
Girones de tarde
Liebre y tortuga
Abeja y Paloma
Chiriveje y Endrina
A lomos de cuento


©Paloma


http://www.goear.com/listen.php?v=bc2aa19

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sábado, 3 de noviembre de 2007

Te la presto un ratito

Presentada a Los sábados de Mercedes, billete para el viaje en bus del 2-05-09
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Regalo para Emi


Sonrío...




Tengo un hada en el bolsillo. Entreabro apenas el borde... ¿Ves la fosforescencia? Ahí está. Diminuta como una luciérnaga. Tímida. Parpadeantes sus ojos.



Enderezo la palma de mi mano. Se alza hasta ella. Sus alas de seda batiendo nerviosas. Su sonrisa plena. No en vano debe pasar mucho tiempo al abrigo de mi chaqueta y le gusta salir. La ciudad le es hostil. Sin querer, la dañarían...



Te ve... Te reconoce... Sin palabras revolotea hasta ti... despaciosa, juguetona, haciéndose desear... Ríe y se posa al fin sobre tus dedos.



Sientes su levedad. Tu corazón brinca. Es real. Está contigo... La acercas hasta tus ojos, húmedos, contemplándola, queriendo grabar en tu retina cada detalle. Te miran dos círculos risueños, enormes, dulces, en un halo luminoso que inunda tu dentro y te llena de paz.



Te la presto un ratito...



©Paloma

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martes, 23 de octubre de 2007

Prefiero la telepatía



Son palabras. Palabras que cada uno entiende a su manera y que no tiene por qué ser la misma, aunque lo parezca.

¿Recuerdas el cuento de los espejos? Cada uno ve el mundo según lo que él es. Y de ese modo, cuando yo hablo de amistad, hablo desde mi manera de entenderla. Y, cuando me hablas de amistad, entiendo lo que tú me dices según lo que yo misma creo que es. Y viceversa. Cuando tú me hablas de ella, lo haces según lo que tú comprendes. Y, cuando yo te respondo desde mi vivencia, tú lo traduces a la tuya y lo entiendes según tu modo.

Es lógico que sea así. Se trata sólo de una ilusión de entendimiento. Por eso nos frustra, me frustra, el momento de constatar que no entendemos lo mismo del mismo modo. Para que las personas se comprendan certeramente a la hora de comunicarse hacen falta años de conocer y aprender cómo es uno mismo y el otro. Y, aún así, no sé si llega la perfección.

Con la soledad sucede lo mismo. Y con cualquier tema. Por eso me pregunto muchas veces si tiene sentido hablar. Cada día me gustan menos las palabras. Enmarañan. Enturbian. Falsean. Producen irreales sensaciones de cercanía. No expresan lo que tenemos dentro.

En fin, sin embargo las necesitamos. Las necesitamos pero no me gustan. Sería preferible la telepatía. La pena es que casi ninguno tenemos esa capacidad...


©Paloma

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No basta con la imaginación


Me lo he preguntado a mí misma. Me lo he preguntado de tú a tú y aún sin café, mirándome a los ojos... en esta noche negra, de pensamiento negro... ¿Tú puedes volar?...Y la respuesta ha sido "no".

En ocasiones atisbo una luz y parece que cobro bríos. Intento mover mis alas entumecidas. Me alzo un palmo, dos, incluso más... Y vivo de nuevo, por breve tiempo, la ilusión del vuelo.

Pero para remontarse por encima de uno mismo no basta con la imaginación. Hay que tener fe. Y mis alas están rotas. Soy un ángel roto. Caído de un cielo roto, plagado de sueños rotos.

He recogido los trozos de mis sueños y los he ido pegando laboriosamente. Aquí encaja éste. Más allá, si le doy la vuelta, el otro... Soy un puzzle de sueños... Sonrío. No suena mal. Incluso parece poético. Pero el nombre no cambia el contenido. No borra la desilusión. No anula el fracaso.

Mi hada sigue aquí. Empeñada en que busque. Y yo no encuentro nada. Sólo oscuridad.

©Paloma

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lunes, 22 de octubre de 2007

Hoy he salido a mi jardín





Hoy salgo a mi jardín.
Busco el color y la alegría de mis flores.
Para beber de ellas.
Para convertirme en ellas.
Me interno despacio en el sol de la mañana.
Me arropa.
Me abraza su calor viajero.
Oleadas de ternura acompañando soledades,
desarrugando tristezas, meciendo sueños.
Cierro los ojos y, entre sus haces de luz,
siento el beso leve, la caricia callada.
No estoy sola.

Hoy he salido a mi jardín.
No estoy sola.


©Paloma

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domingo, 14 de octubre de 2007

Otra vez será...




Êndrîn acostumbra a revolotear a mi alrededor. Es un hada diminuta, alegre, vivaz, de dulce sonrisa y penetrantes ojos rasgados. Incansable, se acerca, se aleja, una y otra vez, con un pequeño zumbido zzz...zzz...zzz de sus alitas como de papel, en un vuelo arriba y abajo contínuo. Busca llamar mi atención. Observa mi reacción y yo, que lo sé, simulo ignorarla.



Descanso. Luce el sol en este día de mediados de Octubre y mi balcón, orientado al Suroeste, es parte de su camino. La tarde es preciosa. Cálida. Primaveral en otoño. ¡Qué pena! -pienso-. Esta semana ya han talado las ramas de los falsos plataneros que hay fuera. Aún mantenían su follaje verde y abundante del verano. Y hasta ahora, con sus copas repletas a escasos dos metros de la baranda, talmente mi balcón era un árbol más entre ellos.

Mi casita del árbol. Sonrío al evocarlo. Les han dejado grandes muñones y siento tristeza por ellos. Aquí está, de nuevo. Se asemeja a un colibrí. No es mayor su tamaño. Se sostiene, batiendo las alitas, a apenas unos centímetros de mi nariz. La siento. Percibo su mirada fija esperando que abra los ojos. Se está tan a gusto. Y me da tanta pereza hacerle caso. Hago un mohín. Sé lo que quiere. Tanta luz del sol me hace daño. Los entreabro. Se da cuenta. Sonríe contenta y, de nuevo, revolotea incansable a mi alrededor.

No me habla con palabras. De algún modo, llegan sus pensamientos hasta mí y viceversa. Me toma de la mano. Quiere llevarme hacia mis pinturas y bolígrafos de colores. Los tengo abandonados. Lo he intentado. He intentado dibujar y escribir de nuevo. Soy un pozo seco. De mí no sale nada. Sólo puedo admirar la belleza que expresan los demás. Pero, yo, hace tiempo que no siento nada. Que no encuentro nada que contar. Estoy yerma.

Me mira con sus ojillos traviesos, apremiándome. Intento ahondar en mí, busco en lo más profundo. Oigo susurros, voces, risas, canciones de seres de fantasía... pero tan lejos, tan lejos... Insisto. Êndrîn me anima con un gesto de su cabecita. Venga, me dice. Otra vez.

Cierro los ojos intentando hacerle caso. Es una sensación placentera en esta tarde. Todo es cálido alrededor. Una brisa suave me acaricia. Me siento mecida, acunada en mi balcón... El zzz...zzz de mi hada me recuerda lo que debo hacer. Observo mi dentro. Me siento respirar pausada. Me siento latir. Procuro escuchar. Agudizo el oído interno. En algún rincón están las voces. Sí. Me llegan lejanas, pequeñas. Más presentidas que escuchadas. Busco desentrañar los sonidos. Pero no me hablan a mí. No puedo llegar. Todavía no puedo. La desilusión me invade.

Êndrîn me ha cogido la mano mientras tanto. Sabe que lo paso mal y que es ella la que me ha obligado. Y me obliga porque sólo ella debe y lo puede hacer. Tranquila, me dice su sonrisa. La próxima vez será. Y se acurruca conmigo. Sus alitas cesan de batir y sus minúsculas manos aprietan con dulzura la mía.

Sí. Otra vez será.


©Paloma

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