...Sígueme, te llevo por los más escondidos rincones del Nido...

viernes, 30 de mayo de 2008

Amigo en el corazón



Día 30, vientecillo.

Me gustaría volver el tiempo atrás y tal día como hoy pero de hace un mes te daría un abrazo con toda el alma por si ya no te volvía a encontrar más detrás de la luz verde de este nido tuyo desde el que volabas en libertad, con tu música, por tus paisajes, con tus aves...

¿Qué decir que no te haya dicho ya?

Amigo en el corazón...

Escribiendo llegamos hasta el fondo del alma del que nos lee y nos hacemos un hueco en su corazón, un hueco que lleva nuestro nombre para siempre.

Seguro que, después de despedirte de los tuyos, abrazándolos con tus alas de gavilán del viento, también hiciste un vuelo raso por estos lugares y te acercaste a nuestros rincones y leíste nuestra inquietud por ver tu luz apagada tanto tiempo y nos acogiste y, de algún modo, te quedaste en nuestros nidos para siempre.

Amigo en el corazón...

Sobran todas las palabras. Pero aqui no hay otro modo de hacer llegar lo que se siente. Tú eras de pocas palabras y seguro que con éstas te basta para comprobar de nuevo el cariño que tenemos por ti.

Un beso fuerte, fuerte, fuerte.

(Voy aprendiendo a decirte adiós, vientecillo, wapín)

Una flor para ti, la que siempre regalabas.

©Paloma

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martes, 27 de mayo de 2008

Ya que me quieres... ¡Ven!

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La soledad se la bebe uno a sorbos

se la rasga a dentelladas

se la engulle con rabia

entre lágrimas.



La soledad se toma en plato frío

con cubiertos al rojo

No se da, no se comparte,

no se cambia.



La soledad se agarra a tus entrañas

te retuerce las vísceras

necrosa tus órganos

te devora el alma.



La soledad arrastra a los infiernos.


Ya que me quieres... ¡Ven!

No lucho más. Consiento.

Soy tuya, soledad.
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©Paloma

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Domestícame



Hace algunas horas ya que debería estar durmiendo. Se ha hecho tarde esperando algo. Algo que llegara de pronto regalándome ilusión. Algo que me arropara y cuidara con mimo. Algo que me hiciera sentir acogida.

Busco alguien que me domestique, que quiera ser especial para mí y yo lo sea para él, que me espere cada día a la misma hora, que se alegre al verme, que sea feliz junto a mí y nos necesitemos y seamos únicos el uno para el otro en el mundo.


Mis ojos, abiertos como platos, se niegan a dormir mientras la mente y el alma se mecen en la placentera sensación de pertenecer.

Buenas noches.


©Paloma

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lunes, 26 de mayo de 2008

El tiempo se va



El hombre de arena me ha dejado el corazón lleno de congoja, emocionado por el drama, por lo mísero de las existencias, por el gris y la oscuridad que todo lo baña y por el amor que se eleva sobre lo demás, filtrándose en los recuerdos, en las almas, para volverlas nuevas y puras, redimidas.

Tumbada en el sofá, miro mis pies desnudos, tan blancos, casi de niña por el tamaño, y la tristeza se asienta cada vez más dentro, estoque profundo. Ella me deja sin fuerzas, informe, anulada.

Mis pies acercan tu recuerdo, tu tacto, y el reloj me dice inexorable que el tiempo se va, que ya no queda.

Esperaba más de hoy.


©Paloma

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domingo, 18 de mayo de 2008

La niña nube

Había una vez una niña que paseaba entre las nubes, saltaba sobre los azules blanqueados y de vez en cuando jugaba al escondite con la tormenta. El rayo amenazador apenas la asustaba porque de tanto frecuentarse se habían hecho amigos.

Los parajes que veía desde las alturas eran ensombrecedores, tan magníficos como vertiginosos. Desde allí podía ver cómo los otros niños la envidiaban. Sentados en sus sillitas de enea, miraban las acrobacias de la niña nube. Y ella sonreía.

Cuando bajaba al parque todos los niños querían jugar con ella. Su risa, su dinamismo, su gracia los enamoraba. Sobre todo a los que eran inquietos y despiertos, inconformistas y curiosos. En especial uno de ojos picarones a quien ella le pintaba de colores los pantalones.

Se quedaban ensimismados escuchando sus historias. Casi todas eran mentira. O quizás demasiado verdaderas para ser creidas. A fin de cuentas, qué más daba, seguía sonriendo ella. Encontraba satisfacción entre los ojos admirados de aquellos niños, pero era un sentimiento tan liviano como el soplo del viento en su orejita. Y sentía frío.

En esos días buscaba el silencio como arropo y el soleado rayo como compañero. Si alguien despistado osaba acercarse sin obedecer al cartel de "cerrado por reforma", se enfurruñaba como una vieja cierva herida y su sonrisa se tornaba grito, su mirada acogedora fuego y su mano templada hacha asesina. Algunos, que ya la conocían, se marchaban sin siquiera molestar. Esos eran los agradecidos, a los que ella protegía.

Con su tesón y laboriosidad recomponía su interior. Donde antes hubiera sombras pintaba flores, donde quedaban guijarros colocaba almohadones y donde encontraba espigas las mezclaba con el grano espeso de la última cosecha. Después continuaba paseando por las calles de una ciudad que tan pronto era más suya que las nubes como le resultaba extraña sin el azul algodonoso de su cielo.

Como niña delicada que era, buscaba siempre una bella flor con que adornarse el pelo. No quería presumir de poseerla, sólo quería enredar sus deditos entre los pétalos olorosos del ejemplar. Y podía llegar a confundirse tanto con su hermosura, podía inhalar tan profundo su perfume que sentía después cómo el polen de la planta brotaba por sus pupilas hasta esparcirse en el ambiente.

Luego todo volvía a su lugar. La flor a su tierra, los niños al parque, las nubes al cielo y ella siempre a medio camino entre la nada y el todo.

Había consultado a los más eminentes magos, rebuscado entre los ejemplares más nobles de las letras, incluso viajado hasta un lugar muy, muy lejano, donde un extraño monje le dio un brebaje antiguo y mohoso con brotes nuevos de soja, pelos blancos de camello y tierras de antiguas culturas. Como no podía tragarlo, le permitió beber las milagrosas aguas del rio Jordán. Y le dijo:
-Entre los pliegues del perdón está tu solución.

Una mañana la nube traviesa, las más picarona y alegre, tiró de sus enaguas hasta dejarla suspendida del firmamento. Cuando despertó intento bracear para ganar altura de nuevo pero sus bracitos estaban pegados con miel de chocolate. Entonces buscó al sol por las esquinas pero en vez de sus rayos se encontró con la burlona luna menguante que le dijo:

-Espera, espera, que anda desperezándose para venir a ayudarte.

Y la niña quedó columpiándose en la acogedora luna mientras creía esperar al sol, sin darse cuenta de que, mientras la luna se quedase con ella, no llegaría el mañana.

©Finwë Anárion

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Gracias y un beso.

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Niña y paloma

Hoy me he levantado temprano, con el ánimo ligero, pleno de claridad meridiana, ésa que debe ser adquirida tras largas horas de meditación. Una claridad que eleva sobre lo terreno, principalmente sobre los afectos, tras días de dudas, de pasos adelante y atrás; que te aleja y te hace sobrevolarlos sin sentirte parte, tan sólo espectador.

Con esa claridad me he levantado, decidida. Sintiéndome capaz de mirarte, tranquila, estudiando todos tus gestos. De hablarte y dejarte hablar sin intervenir hasta que vacíes todo lo que llevas dentro, lo que nunca has dicho, lo que jamás has expresado porque no has tenido valor, porque temes perder lo conseguido. De permitirte hacerme reir y reirme sin que ello suponga resquebrajar mi lucidez.

Así me he levantado... pero ya no estoy así. Y, por otro lado, sí. Conviven en mí los dos estados. Coexisten como dos polos, como dos almas diferentes, contradictorias, antagónicas. Y sé cuándo, a pesar de ver más allá, voy a sucumbir a lo cercano, al tacto, a la sonrisa. Voy a sucumbir. Aunque no quiera y porque quiero.

Niña y paloma.


©Paloma

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viernes, 16 de mayo de 2008

Las tres toronjas


Érase una vez un viejo rey que, como estaba preocupado por su sucesión, decidió hablar con su hijo:
-Hijo mío, tienes que casarte. No moriré tranquilo si no me das un nieto y un futuro heredero de mi trono.
El hijo le contestó:
-Pero, padre, es que no me gusta ninguna de las princesas ni hay doncella que enamore mi corazón.
-No te preocupes –le dijo el padre-, tengo una idea. Repartiré aceite a todas las mujeres del reino para que vengan hasta aquí.

De este modo, el rey consiguió que una buena cantidad de mujeres llegaran al castillo a recoger el presente y, mientras, el príncipe, desde un balcón, pudo ver si encontraba alguna de su gusto. Ninguna pareció convencerle, pero de pronto vio a una graciosa gitana que caminaba salerosa abrazada a una tinaja de aceite. La gitana, por aprovechar la ocasión, también llenó de aceite un cascarón de huevo y lo llevaba sobre la cabeza.

El príncipe, divertido, le tiró una piedrecita al cascarón y el aceite se derramó sobre la cara de la gitanilla, que masculló entre dientes:

-¡Maldigo al árbol de las tres toronjas!

El príncipe, que la escuchó, le preguntó qué quería decir con aquello y ella le explicó que cerca de allí había tres princesas encantadas en un árbol; el árbol tenía tres frutos y dentro de cada uno estaba encerrada una princesa. Por si fuera poco, un terrible león custodiaba el lugar y, para engañar a todo el que se acercara, dormía con los ojos abiertos y vigilaba con los ojos cerrados.

El príncipe no se lo pensó dos veces. Montó en un caballo y partió en busca del árbol de las tres toronjas. Cuando llegó, esperó a que el león abriera los ojos, se acercó al árbol y cogió las tres toronjas.

Una vez a salvo las partió una a una y esto fue lo que le salió: en la primera apareció una princesa bellísima con un largo traje azul que con voz suave le decía:

-Dame pan y agua, que si no me muero.

Pero el príncipe le contestó:

-Pan puedo darte, pero agua no tengo.

Y la princesa se murió.

El príncipe emprendió el camino y al rato se paró. Al abrir la segunda toronja apareció otra princesa con un largo vestido rosa que le dijo:

-Dame pan y agua, que si no me muero.

Y el príncipe contestó otra vez:

-Pan puedo darte, pero agua no tengo.

Y la segunda princesa murió.

Montó el príncipe en su caballo y buscó una fuente antes de abrir la tercera toronja. Cuando la abrió salió otra preciosa princesa con un vestido blanco que le dijo:

-Dame pan y agua, que si no me muero.

El príncipe fue a la fuente y le dio agua y sacó su pan y también se lo dio. La princesa se repuso y él le contó cómo había llegado hasta allí para salvarla. Los dos se enamoraron y decidieron casarse. Pero el príncipe decidió dejarla en la fuente mientras iba a recoger una carroza para llevarla a palacio. Ella se subió a un árbol para estar a salvo de las fieras mientras esperaba.

Poco después, una sirvienta negra se acercó a la fuente a recoger agua y, al ver el bello rostro de la princesa reflejado en el agua, dijo:

-Yo tan negra y tú tan blanca. Rompo el cántaro y me voy a mi casa.

Al rato la mandaron otra vez a por agua y le volvió a pasar lo mismo. La princesa no puedo contener la risa y la criada la descubrió subida en el árbol.

-Baja y te peinaré esos cabellos tan bonitos.

La princesa bajó y, mientras la peinaba, le fue contando que estaba esperando al príncipe que tenía que venir con una carroza. La criada, celosa de su suerte, le clavó un alfiler en la cabeza y la convirtió en paloma.


Cuando llegó el príncipe, era la sirvienta negra la que estaba en el árbol. Él no supo cómo reaccionar, pero le había dado su palabra de casarse con ella y no tuvo más remedio que cumplirla.

Cuando unos meses más tarde el rey murió, el príncipe ocupó el trono. Desde ese día, una paloma lo visitaba y se posaba en su ventana cantándole:

-¿Qué hará el rey con la reina mora? Y yo, triste de mí, por el campo sola.

El rey empezó a acariciar a la paloma hasta que dio con el alfiler que tenía clavado entre las plumas. Se lo quitó y la paloma se transformó en su querida princesa. Ella le explicó lo que le había sucedido con aquella sirvienta, que fue encerrada en las frías mazmorras del castillo. El príncipe y la princesa, ya reyes, vivieron felices y comieron perdices, a mí me dieron las patas y yo no las quise.

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martes, 13 de mayo de 2008

A años luz


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Hoy, me dices...
Y yo me siento a años luz.
A años luz de distancia velada de tristeza,
a años luz de sombras que han helado el alma,
a años luz de las risas de aquel tiempo.

Hoy...
Y yo quisiera haber brincado de alegría,
que la felicidad me hubiera embargado
y, rebosando en mí, manado a chorros vuelta río.

Pero...
Hoy me siento ya a años luz.
Y no sé si tendrá remedio.

©Paloma

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sábado, 10 de mayo de 2008

Magos y niñas (Nonono)

La niña, que estaba enamorada del bosque, seguía subiendo con frecuencia. Elegía parajes no frecuentados por el mago pues andaba huidiza de él. Una tarde de mucho viento, le robó su gorro de tafetán y entre sus cabellos encontró verdades que aún no estaba preparada para reconocer.

El mago, por su parte, correteaba por la escala de agravios con cierta desincronía. Él percibía las escapadas de la niña y nervioso preguntaba a su bola mágica qué estaba ocurriendo, pero ésta sólo le mostraba un paisaje de nubes bajas y oscuras, amenazantes, como de tormenta. El mago no comprendía.

Aquella tarde la niña eligió un paraje muy profundo del bosque, un lugar tan poco frecuentado que las hierbas eran arbustos leñosos con brillos resinosos en sus hojas, olores profundos de jaras, azaleas y forsítias. Caminaba suavemente, como levitando sobre las zarzas, que escondían las espinas a su paso, cuando acertó a escuchar un murmullo entre las ramas. Al dirigir sus ojos a las alturas una paleta de colores se abrió ante sus ojos.


Un pájaro carpintero picoteaba el tronco de un abedul. En su toc-toc se podía entender la exigencia del ave. -Eres árbol, le decía, tienes por tu condición que permitirme saciar en tu madera mi deseo natural de picotearte.

El árbol inmóvil abría las cortinas de sus ojos y con mirada suplicante le pedía un poco de atención. Al ver que sus ojos llenos de brillo no eran suficiente para frenar a la entusiasta avecilla se atrevió a decir. -Me matarás si continúas con tu danza de exigencia. No lo hagas, pues quiero conservarte en el fondo de mi corazón.

Una sacudida del viento del norte ladeó tanto una rama que el pájaro casi pierde el equilibrio. Reinició su vuelo en un intento por guarecerse de la tormenta que parecía avecinarse y con él se llevó su paleta de colores. Entonces la niña se abrazó al árbol. Con amor sintió su corazón cansado y sobre su pelo cayeron lágrimas de su resina. Dejándose caer se acurrucó junto a su tronco y sin saber cómo, se quedó dormida.


A sus ojos cerrados llegaron imágenes que hoy parecían muy antiguas, bordeadas de color sepia y anudadas con lazos descoloridos. Unos dragones voladores se mecían en el cielo, una fresa de sabor exquisito derretía su jugo entre sus dedos, un manto cálido la protegía y sobre todo una luna enmarcada de estrellas brillantes que jugaba al escondite con la musicalidad de sus risas.

El árbol, que sentía la congoja de la niña porque era la suya propia, pidió a sus retoños que la abrigaran con su ramaje, si no el frío celoso de la tarde helaría sus deditos y blanquearía su piel sonrosada.

En el calor de la cueva recién improvisada, la niña se despertó sin recordar nada de su sueño, aunque el dolor de su costado le decía que llevaba mucho tiempo en la misma postura. El árbol que conocía su sueño, prefirío callar.

Cuando el graznido del cuervo le recordó a Casilda, pensó en ir a verla, pero desechó la idea al recordar al pájaro en el árbol. Ya no era tiempo de pedir consejos, se dijo, ni de buscar razones para seguir adelante. Eran tiempos para sentir más allá de su piel curtida, tiempos de atreverse a pedir lo que quería para ella, tiempos para elegir cómo sonreír....y tiempo para saber hasta dónde quería adentrarse en las confusiones de los otros.

El gorrión con su canto de cortejo volvió a recordarle al mago. Colocaré de nuevo el gorro sobre su cabeza y olvidaré las verdades encontradas entre sus cabellos. Sonrió. Sabía que eso no era posible. Cada acción va dejando el surco indeleble sobre el barro y cuando el sol del razonamiento lo seca quedan pocas posibilidades de suavizarlo si no viene el tiempo y la distancia en su auxilio. El tiempo siempre fue un personaje mentiroso. Ella lo conocía bien.

Recogeré unos pocos leños y se los acercaré a su puerta. Su corazón anda algo frío y mi cariño envuelto en esos leños le hará bien, pensó la niña.

El camino hacia la cueva fue lento y sin la chispeante alegría de antaño. Un miedo oscuro se escondía entre sus orejas, si el machete del hombre andaba cerca del mago, éste no dudaría en utilizarlo. Desde su pasión encendida se olvidaría de la mirada suplicante infantil y, como el pájaro, se convertiría en asesino de su generoso cariño. Sí, se dijo, definitivamente dejaré los leños frente a su puerta y con paso rápido volveré a la aldea.






©Finwë Anárion


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martes, 6 de mayo de 2008

Si tú no lo remedias

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Si tú no lo remedias,
me voy alejando cada vez más.

A pesar de todo
aún espero una palabra.

Para comprender,
para acortar pasos,
para sentirme dentro.

Aún espero ser rescatada
de este silencio.

©Paloma

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lunes, 5 de mayo de 2008

Te pierdes de mí



Porque
no
me
dejas
otro
modo,
aquí
estoy
.
Porque
vas
recortando
mis
pasos,
mi
movilidad
.
Porque
no
permites
acceder
.
Porque,
sin
quererlo
yo,
porque
lo
exiges
tú,
me
voy
alejando
y
así
te
pierdes
de
.
Me
voy
cerrando
a pocos
y a la fuerza
.
Se
rompen
de
tanto
estirar
los
hilos
frágiles
.
Ya
no
camino,
no
me
muevo
a no ser
que
lo
hagas
.
Te
espero
y
no
llegas
.
Cada
día
un
poco
menos
cerca
.
Sin
que
yo
lo
busque
pero
te
pierdes
de
.
Jue
gas
muy
du
ro
.
He
.
d
.
e
.
s
.
i
.
s
.
t
.
i
.
d
.
o
:
:
:
:
.
.
.


.

©Paloma

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La casa



...





....

.

.


Se va acercando la niña muy de puntillas.
De puntillas, sin rüido, casi a hurtadillas.
Se va acercando despacio a la casita
Dudando ser aceptada, ¡ay, pobrecita!


Es una sombra en el aire, tan cuidadosa
con leve pie va pisando la muy curiosa
En la pared se dibuja, niña encantada
En la pared blanca y vieja de esa morada

Es una casa cerrada, sola y vacía,
con las persianas echadas todos los días
¡Seguro que en su interior guarda un secreto!
La niña lo quiere suyo y descubierto

¿Qué buscas, niña? ¿Qué quieres?
Anda, ¡véte, por Dios!, no me molestes
No mires por la ventana, ¡que no te asomes!
Que yo no quiero que veas en mis rincones.

No abras, no cantes, no rías, ¡tampoco sueñes!
Mientras yo no permita que en mi casa entres
Tan pequeñita la niña y tan curiosa
Se va alejando contrita y pesarosa

Y cabizbaja recoge todos los sueños
para llevarlos, fríos, al campo yermo
donde enterrar las risas y los colores
y sepultar la magia y los amores

©Paloma

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sábado, 3 de mayo de 2008

Migajas






Sólo migajas

No te extrañe que cambie de mesa

©Paloma

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Un instante

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Un árbol se inclina en muda reverencia tendiendo algunas ramas que introduce en la corriente. Tal parece que deja jugar al río entre sus dedos. Mientras, el agua se desliza, calma, empapándolo todo.


Desde la umbría, contemplo embelesada su lento discurrir. Llenan el aire las voces de los pájaros y asoma a jirones el cielo de verano. ¡Cuac, cuac! el pato tras la pata en alborotado cortejo y la campana de la iglesia, ¡talán!

A la vera del río la tarde se adormece. Más allá, la ciudad.

Escondida, un instante se ha vuelto eterno.


©Paloma

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viernes, 2 de mayo de 2008

Te dije

Te quiero libre y, cuanto más libre, más mío. Eso te dije. Eso quiero.

Cuando me acerco, te enroscas como un caracol, replegándote en ti mismo. Me pides que lo comprenda, que sigues ahí a pesar de todo.

Y ¿yo? ¿Qué debo hacer yo? ¿Replegarme como tú? Voy y vengo intentando complacerte. Hacia dentro y hacia fuera de mí. Me llevas al límite tensando la cuerda de los silencios.
Tanto has alargado la distancia, el tiempo, el espacio entre los dos que te siento extraño, ajeno.


¿Quién eres? Cuando quieras de mí, no te reconoceré.

©Paloma

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Me dices

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"Esa cabeza..."

No comprendes que es el corazón.

©Paloma

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Parar





Quisiera parar la cabeza.
Pararla, descansar.

Quisiera no plantearme,
no preguntarme,
no necesitar respuestas.


Quisiera no buscar suelo donde pisar.


Quisiera mirar al frente,
ni arriba, ni abajo,
ni a un lado u otro,
al frente, al objetivo.


Quisiera conformarme
con lo que yo me doy,
con lo que yo me digo,
con lo que yo me sueño,
con lo que yo me cuento.


Quisiera no necesitar tu abrazo,
tu mano, tu sonrisa, tu voz.


Quisiera esconderme en mi mundo
y no salir.

Pero no sé.

Y te busco y te miro y te hablo
y te pregunto y te río y te abrazo
y te lloro y te riño.


En ocasiones te encuentro,
la mayoría no.


Entonces me alejo,
me vuelvo a mi cabeza,
a mis preguntas
y a las respuestas
que yo misma me doy.

©Paloma

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jueves, 1 de mayo de 2008

Quiero verle

Terminaron las vacaciones. Tristeza por un lado y ganas de retomar el orden por otro. Recorro de nuevo esos caminos de los que, en este tiempo, me alejé. Vuelvo a las calles, al puente, al río. Estos días el tiempo ha sido benigno y salir de trabajar de día, hmmm, es una maravilla.

Deseo salir, pienso siempre en salir. Por la mañana quiero pasar sobre el puente intentando grabar en mi retina todo lo que veo. Después quiero que llegue el mediodía y luego que se termine la jornada para volver a verle. Siempre está ahí, me espera, sé que me espera. Me mira de reojillo mientras me voy acercando presurosa. Me produce tanta alegría su cercanía. Sonrío cada vez más ampliamente mientras avanzo. Quiero verle. Quiero verle. Sí, ¡quiero!

Poco a poco lo voy descubriendo cuando me asomo al murete. Se le ve contento y relajado. Canturrea feliz mientras charla amigablemente a un lado y a otro.



Ahí está. Como siempre, como cada día. El no me falla, nunca me falla. Me quedo ensimismada contemplándolo, hundiendo en él la mirada y, con ella, el pensamiento en su fuerza hipnotizadora. El me espera y yo me siento arropada cuando lo encuentro. Bulle la vida a mi alrededor y, por más gris que el día sea, no me encuentro sola.

©Paloma

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