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sábado, 10 de mayo de 2008

Magos y niñas (Nonono)

La niña, que estaba enamorada del bosque, seguía subiendo con frecuencia. Elegía parajes no frecuentados por el mago pues andaba huidiza de él. Una tarde de mucho viento, le robó su gorro de tafetán y entre sus cabellos encontró verdades que aún no estaba preparada para reconocer.

El mago, por su parte, correteaba por la escala de agravios con cierta desincronía. Él percibía las escapadas de la niña y nervioso preguntaba a su bola mágica qué estaba ocurriendo, pero ésta sólo le mostraba un paisaje de nubes bajas y oscuras, amenazantes, como de tormenta. El mago no comprendía.

Aquella tarde la niña eligió un paraje muy profundo del bosque, un lugar tan poco frecuentado que las hierbas eran arbustos leñosos con brillos resinosos en sus hojas, olores profundos de jaras, azaleas y forsítias. Caminaba suavemente, como levitando sobre las zarzas, que escondían las espinas a su paso, cuando acertó a escuchar un murmullo entre las ramas. Al dirigir sus ojos a las alturas una paleta de colores se abrió ante sus ojos.


Un pájaro carpintero picoteaba el tronco de un abedul. En su toc-toc se podía entender la exigencia del ave. -Eres árbol, le decía, tienes por tu condición que permitirme saciar en tu madera mi deseo natural de picotearte.

El árbol inmóvil abría las cortinas de sus ojos y con mirada suplicante le pedía un poco de atención. Al ver que sus ojos llenos de brillo no eran suficiente para frenar a la entusiasta avecilla se atrevió a decir. -Me matarás si continúas con tu danza de exigencia. No lo hagas, pues quiero conservarte en el fondo de mi corazón.

Una sacudida del viento del norte ladeó tanto una rama que el pájaro casi pierde el equilibrio. Reinició su vuelo en un intento por guarecerse de la tormenta que parecía avecinarse y con él se llevó su paleta de colores. Entonces la niña se abrazó al árbol. Con amor sintió su corazón cansado y sobre su pelo cayeron lágrimas de su resina. Dejándose caer se acurrucó junto a su tronco y sin saber cómo, se quedó dormida.


A sus ojos cerrados llegaron imágenes que hoy parecían muy antiguas, bordeadas de color sepia y anudadas con lazos descoloridos. Unos dragones voladores se mecían en el cielo, una fresa de sabor exquisito derretía su jugo entre sus dedos, un manto cálido la protegía y sobre todo una luna enmarcada de estrellas brillantes que jugaba al escondite con la musicalidad de sus risas.

El árbol, que sentía la congoja de la niña porque era la suya propia, pidió a sus retoños que la abrigaran con su ramaje, si no el frío celoso de la tarde helaría sus deditos y blanquearía su piel sonrosada.

En el calor de la cueva recién improvisada, la niña se despertó sin recordar nada de su sueño, aunque el dolor de su costado le decía que llevaba mucho tiempo en la misma postura. El árbol que conocía su sueño, prefirío callar.

Cuando el graznido del cuervo le recordó a Casilda, pensó en ir a verla, pero desechó la idea al recordar al pájaro en el árbol. Ya no era tiempo de pedir consejos, se dijo, ni de buscar razones para seguir adelante. Eran tiempos para sentir más allá de su piel curtida, tiempos de atreverse a pedir lo que quería para ella, tiempos para elegir cómo sonreír....y tiempo para saber hasta dónde quería adentrarse en las confusiones de los otros.

El gorrión con su canto de cortejo volvió a recordarle al mago. Colocaré de nuevo el gorro sobre su cabeza y olvidaré las verdades encontradas entre sus cabellos. Sonrió. Sabía que eso no era posible. Cada acción va dejando el surco indeleble sobre el barro y cuando el sol del razonamiento lo seca quedan pocas posibilidades de suavizarlo si no viene el tiempo y la distancia en su auxilio. El tiempo siempre fue un personaje mentiroso. Ella lo conocía bien.

Recogeré unos pocos leños y se los acercaré a su puerta. Su corazón anda algo frío y mi cariño envuelto en esos leños le hará bien, pensó la niña.

El camino hacia la cueva fue lento y sin la chispeante alegría de antaño. Un miedo oscuro se escondía entre sus orejas, si el machete del hombre andaba cerca del mago, éste no dudaría en utilizarlo. Desde su pasión encendida se olvidaría de la mirada suplicante infantil y, como el pájaro, se convertiría en asesino de su generoso cariño. Sí, se dijo, definitivamente dejaré los leños frente a su puerta y con paso rápido volveré a la aldea.






©Finwë Anárion


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0 briznas para mi nido:

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