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jueves, 4 de diciembre de 2008

Extraterrestre

A veces me siento extraterrestre. Tan diferentes son los mundos de los que venimos. Tan diferentes nuestras realidades infantiles. "¿Has estado entre algodones?". No lo sé, no lo creo.

Mis padres eran gente sencilla y nuestra vida también sencilla. Familia numerosa de las de entonces. Casa, colegio de monjas o de frailes, según el caso, estudiar, parque con mis hermanos y siempre bajo la atenta mirada de mi madre. De más mayor, hora de vuelta temprana, muy temprana para lo que ya empezaba a estilarse, prohibición de fumar y de salir con chicos hasta que no fui mayor de edad. "¿Ir de camping? ¿Chicos y chicas? De eso nada, hija, que hay muchos peligros". "Pero mamá, todo se puede hacer a cualquier hora del día y en cualquier lugar". "Cuando seas mayor". No recuerdo haber fumado delante de mis padres más que algún pitillo de esos que se regalan en las bodas. No hemos vivido en el mismo mundo ni la misma realidad.

Tomo mi café de la mañana mientras rememoro nuestra conversación. Afuera llueve y hace frío. Esto de sentirme extraterrestre no es la primera vez que me sucede, no. Cuando el resto se preocupaba por su futuro profesional, yo confiaba en cambiar el mundo y no me importaba vivir en un pueblo abandonado y de lo material tener sólo lo justo. Me cogieron esos primeros tiempos de la preocupación por el planeta, se empezaba a hablar de la vulnerabilidad de la capa de ozono, de los conservantes alimenticios nocivos, de la agricultura biológica, de las energías alternativas, de la bioconstrucción.

Por entonces y sin pretenderlo, escandalizaba a mis padres inocentemente poniéndome aquellos vestidos largos, de gran colorido, venidos de la India y con mis pies descalzos por la ciudad o con zapatos sin tacón. "Pero, hija, ¿no ves que te hacen unos andares muy feos?" O con aquellas noches de dormir con la cabeza llena de trenzas minúsculas que dejaban una preciosa melena de aire hippie al deshacerse, hoy se diría romántica, o con aquellas permanentes a lo afro. "Hija, con el pelo tan precioso que tienes... Siempre se han planchado los rizos y ahora te rizas a propósito. No hay quien te entienda".

Era la hija mayor y la rebelde, que se tuvo que pelear todo lo que a los demás hermanos les vino por añadidura e incrementado. Hasta llegué a irme de casa después de que mi padre me castigara todo un año sin salir porque no quería ir a misa los domingos. Yo ya no creía en la Iglesia, en sus ritos, en sus dogmas. Ya no temía al Infierno porque un día, reunida conmigo misma, decidí que sólo yo podía ser mi propio juez, que nadie como yo sabía de lo que había en mi fuero interno y me di la libertad para creer, para sentir, para hacer o no según lo que mi corazón y mi cabeza me dictaran.

Pobre papá, nunca volvió a ser el mismo. Algo se les rompió dentro y también a mí. A partir de ahí ya no me pusieron más barreras, pude hacer lo que quisiera, que no era gran cosa pero para ellos fue una derrota total. No me gustó verles así y sigo lamentando habérselo hecho pasar mal.

Extraterrestre. Es una sensación que llena de incertidumbre. ¿Soy normal? Algo tengo dentro de mi cabeza que me ha impedido ver el mundo que otros cerca de mí han vivido. Soy un bicho raro que no toca tierra. No entiendo cosas sencillas que parecen ser evidentes y es necesario que me sean explicadas. Incluso, lo he percibido así en ocasiones, hay quien duda de que mi ingenuidad no sea una pose y yo, por contrarrestar, comienzo a buscarle a todo tres pies porque seguro que hay algo más para entender... Y sí que hay en mí una mente picaruela pero aún necesitada de argumentos. Además ya tengo una edad, caray.



Está rico el café. El desayuno es mi comida del día preferida. Caliente, cargado, dulce. Dicen que, tal como lo tomes, así te gusta el sexo. Pienso sonriendo que al fin en algo soy más normal. Un pensamiento enlaza con otro. Quiero abrazarte. Cuento los días que quedan. Me sobreviene tu presencia, física, y yo me pierdo en el fondo de tus ojos grabados en mi retina. Te abrazo sin brazos, te beso sin labios, te guardo conmigo, para mí, recogido en mi dentro. Y después te abrazo con labios, te beso con brazos, te guardo en mil caricias, mío, para mí. Una cálida cadencia va despertando, dulce, cargada, y desea tenerte cerca, cerca... "Las hadas son más aburridas que las brujas". Sonrío de nuevo. Un nosequé placentero me va recorriendo entera mientras lo pienso. Aprenderé a ser bruja para ti.

Claro que sigo siendo extraterrestre... Será eso lo que te atrae de mí.

©Paloma
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domingo, 10 de agosto de 2008

El abrazo de tus letras

No siempre tenemos alegrías para contar. Además, no sé por qué, pero no se cuentan tanto. Son la soledad, la tristeza, el desasosiego, la confusión, los que nos impelen a ponerlos por escrito, a modo de catarsis. Catarsis de lo cotidiano o de lo trascendente, según la ocasión.

Me gustaría escribir como los ángeles todo tipo de relatos o reflexiones que no tengan que ver conmigo o que me lleven solapada en lo profundo sin que se me distinga a la legua. Pero casi nunca sé. Tengo una musa bastante vaga o dispersa. No, no, no tengo musa, la verdad, no, y sólo a veces soy capaz de encontrar, volando despistada, algún hada pequeñita y aprovechar el rastro de polvo mágico que va dejando a su paso.

Escribo y lo hago de mí. Y lo hago para mí y para el que me lee. No soy escritora. No soy poeta. Intento hacerme comprender. No pretendo provocar compasión o solidaridad. No busco ánimos. Quizá no sepa todas las respuestas, pero sí la mayoría o eso me parece. No espero soluciones ni palmadas en la espalda.

Quiero transmitir, tocar, rozar, conmover. Calar en alguna de tus fibras. Y, si así es, que me lo digas. Quiero el abrazo de tus letras.

Por eso a menudo me refugio aquí, en mi rincón secreto, donde no temo recibir consejos ni frases tópicas o recetas para una vida mejor, donde apenas nadie me lee, donde puedo hablar conmigo misma y contigo casi en el silencio.

©Paloma

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martes, 29 de julio de 2008

Yo estaba aquí

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Si no importara el tiempo ni el dinero ni las obligaciones...



Lo he pensado mucho. Yo viajaría. Cogería mi mochila, ligera, con sólo lo imprescindible, y pasito a paso me iría a recorrer el mundo, a llenarme de sus colores y sus sabores, aromas, a contemplar las puestas de sol cada día desde un lugar diferente y los cielos vestidos cada día distintos al anterior, a bucear en los verdes frescos y mullidos, a abrasarme la piel con el siroco de las arenas doradas, a dejarme mecer por el oleaje los días de verano o cuando llueve que también me encanta, a internarme en el blanco de las tierras del Norte antes de que desaparezca convertido en sopa sucia, a abrazar los árboles a mi paso y acompasar mis pies al latido de la tierra, a conocer gentes, a mirar en otros ojos distintos y encontrar en ellos a sus dueños a pesar de no comprender su idioma, a escuchar cuentos e historias de los ancianos a la luz de un candil o de la luna, compartiendo un pan o una fruta ...

Y, cuando diera toda la vuelta, después de correr caminos, subir montañas, descender valles, atravesar ríos, enredar mis pies en las arenas de las playas, solazarme bajo el sol y empaparme con la lluvia y mis pasos cerraran el bucle, quizás me encuentre a la puerta de casa a mí misma, esperándome, con sonrisa condescendiente y cariñosa: yo estaba aquí, no te hacía falta caminar tanto para buscarme.

Y quizá entonces pueda disfrutar de lo que tengo, de lo que soy y ya no busque nada más ni sueñe nada más que lo que ya tengo.

©Paloma


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domingo, 18 de mayo de 2008

Niña y paloma

Hoy me he levantado temprano, con el ánimo ligero, pleno de claridad meridiana, ésa que debe ser adquirida tras largas horas de meditación. Una claridad que eleva sobre lo terreno, principalmente sobre los afectos, tras días de dudas, de pasos adelante y atrás; que te aleja y te hace sobrevolarlos sin sentirte parte, tan sólo espectador.

Con esa claridad me he levantado, decidida. Sintiéndome capaz de mirarte, tranquila, estudiando todos tus gestos. De hablarte y dejarte hablar sin intervenir hasta que vacíes todo lo que llevas dentro, lo que nunca has dicho, lo que jamás has expresado porque no has tenido valor, porque temes perder lo conseguido. De permitirte hacerme reir y reirme sin que ello suponga resquebrajar mi lucidez.

Así me he levantado... pero ya no estoy así. Y, por otro lado, sí. Conviven en mí los dos estados. Coexisten como dos polos, como dos almas diferentes, contradictorias, antagónicas. Y sé cuándo, a pesar de ver más allá, voy a sucumbir a lo cercano, al tacto, a la sonrisa. Voy a sucumbir. Aunque no quiera y porque quiero.

Niña y paloma.


©Paloma

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viernes, 2 de mayo de 2008

Te dije

Te quiero libre y, cuanto más libre, más mío. Eso te dije. Eso quiero.

Cuando me acerco, te enroscas como un caracol, replegándote en ti mismo. Me pides que lo comprenda, que sigues ahí a pesar de todo.

Y ¿yo? ¿Qué debo hacer yo? ¿Replegarme como tú? Voy y vengo intentando complacerte. Hacia dentro y hacia fuera de mí. Me llevas al límite tensando la cuerda de los silencios.
Tanto has alargado la distancia, el tiempo, el espacio entre los dos que te siento extraño, ajeno.


¿Quién eres? Cuando quieras de mí, no te reconoceré.

©Paloma

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domingo, 27 de abril de 2008

He regresado

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He regresado. Como casi todos los años. He regresado a ese lugar anclado en el recuerdo desde mi niñez. De veranos casi interminables (los estudiantiles), de sol, de luz, de horarios un poco menos severos. Sólo un poco. Envidiaba profundamente a mis primas, que salían de casa sin hora de regreso.

La playa infinita de arenas blancas. Los largos paseos por la orilla. Las dunas y esas plantas que crecen en ellas, con su característico olor. Los chillidos de las gaviotas mezclados con el ruido de las olas al romper. Hmmm... el aroma a mar... Se abren los pulmones... Y la brisa, siempre la brisa enredándose en los pasos, como lo hace el agua, y en la cara, en el pelo. Y cuando no, el nordeste, frío y desapacible.

He regresado. Como casi todos los años. Los rostros familiares, un poco más gastados, más arrugados, más viejos. Me impresiona la visión de los estragos que ocasiona el tiempo en ellos. Me transporta de golpe ante un espejo, cual Dorian Gray ante su alma. ¿Por qué me impacta tanto la vejez? Me golpea la cercanía inexorable de la muerte.

Hace algunos años que he comenzado a pensar en ella, en la muerte. A tenerla presente en cada pensamiento sobre mis seres queridos. Antes existía, lejana. Existía sin rozarme. Llegó la de mi padre y se quedó conmigo. Llegaron las salidas de mi hijo, las motos, los coches... y se instaló un poco más. Y ahora la pienso en cada rostro que miro y la pienso, a cada instante, en mí.

Los abrazos, las sonrisas, la alegría, los "tan guapa como siempre" y los "por ti no pasan los años"... mientras mi mirada se hunde en los ojos profundos de la muerte. Uff... suena muy fuerte, ¿verdad?

Y quisiera detener el tiempo. Detenerlo para todos porque me da miedo lo que llegará después. Y los abrazo con ternura despidiéndome ya sin que puedan sospechar siquiera lo que yo siento.




©Paloma

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Repetir

¿No os pasa a menudo que estáis cansados de repetir? ¿De repetir caminos, historias? ¿De conocer a dónde llevan, cómo acaban... y, sin embargo, insistir en ellos? Yo a eso le llamo ser kamikaze. Sisisi, lo tienes clarito, clarito... ¡y allá que vas!

Es evidente, en el fondo siempre se espera que suceda algo distinto. Algo que nos sorprenda, que nos maraville, que sea la excepción que confirme esa regla en nuestra vida. Algo que borre de un plumazo los sinsabores y lo pinte todo de color. ¿Ilusos? ¿Inmaduros? ¿Estúpidos?...





Y tiene uno el corazón partío entre los ojos nuevos y la mirada vieja y la cabeza escondida en tierra como el avestruz soslayando la visión de lo que, casi con toda seguridad (ojalá no), será inevitable.

©Paloma

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sábado, 26 de abril de 2008

De grullas III

11 marzo 2008
SADAKO SASAKI


En 1945, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, se lanzó la primera bomba atómica (bomba A), sobre la ciudad de Hiroshima, Japón. La ciudad quedó destruida y murieron miles de personas. Aunque la bomba era cien veces más poderosa que una bomba común, ésta tenía un elemento que no se encontraba en las bombas comúnes: la radiación. Sabemos que la radiación es muy peligrosa y que puede causar enfermedades tales como el cáncer.

Una joven japonesa llamada Sadako vivía a dos kilómetros y medio de Hiroshima cuando explotó la bomba y parecía no estar quemada ni herida. Sin embargo, diez años más tarde, cuando Hiroshima ya había sido reconstruida, Sadako enfermó de leucemia, es decir, cáncer de sangre y debió ser internada en un hospital. Estaba asustada, sabía que podía morirse. Los amigos y parientes la visitaban todos los días para tratar de levantarle el ánimo. Su mejor amiga, Chizuko, le contó el cuento de la grulla, que es un pájaro sagrado de Japón. Se pensaba que una grulla vivía miles de años y que si un enfermo hacía mil grullas de papel se mejoraría.

Sadako decidió hacer mil grullas de papel. Día tras día se la pasaba plegándolas y se dio cuenta que ésta era una buena manera de darse ánimos. A veces se sentía demasiado mala para hacer muchas grullas, pero igual intentaba. Cuando sus amigos y su familia la visitaban en el hospital, trataba de seguir sonriendo y de estar de buen ánimo para que no se preocuparan tanto.

Sadako había hecho seiscientas grullas pero seguía igual. Pacientemente, plegaba y plegaba más grullas, pero lamentablemente al final se murió. Había hecho seiscientas cuarenta y dos grullas de papel.

Las compañeras de clase de Sadako decidieron plegar las grullas que faltaban para completar mil y éstas fueron enterradas con Sadako.

Sadako no fue la única niña que murió de leucemia en Hiroshima. Muchos otros niños habían muerto o estaban muriendo de leucemia (que era conocida también como la "enfermedad de la bomba A".

Los niños formaron una asociación para juntar dinero para levantarle a Sadako un monumento. Esta asociación fue creciendo y miles de niños de todas partes del mundo hicieron donaciones. Después de tres años tenían dinero suficiente para el monumento. Este monumento es conocido como el Monumento a la Paz de los Niños y está en el Parque de la Paz en Hiroshima. Hay un mensaje tallado en la piedra: " Éste es nuestro grito, ésta es nuestra plegaria; paz en el mundo.”

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jueves, 10 de abril de 2008

Las nieblas

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Escucho el ruido de la lluvia. Suena un diluvio. Regreso despacio a la consciencia. No apetece levantarse. Estoy de vacaciones aunque empiezo a ver su final.


Permanecer así, en la oscuridad y al abrigo del edredón -como si de un útero materno se tratara-, me gusta. Secuestro la realidad por ese tiempo para sumergirme en el no-ser. Para ser nada. Lo consigo a ratos. Es un juego que me satisface. Una anestesia. No somos tan importantes. No nos suceden cosas tan relevantes. El mundo es más. El cosmos, más aún. Representamos apenas una gota en un océano que nos mece entre sus olas, nos trae y nos lleva a la deriva, sin que importe mucho el rumbo que nosotros mismos queramos llevar.


No, ese pensamiento me asalta pero en el fondo no creo en él. Todo tiene un plan. Todo tiene una lógica. Es demasiado perfecto para que haya surgido sin más. Simplemente no tengo todos los datos que me ayuden a comprender. Eso es. Tiene que haber un sentido para estar vivos aunque a mí se me haya olvidado.


Y las nieblas me rodean poco a poco. Son, a estas alturas, compañeras habituales de camino. La claridad les fue dejando paso... Y, sólo de vez en cuando, surge de entre ellas un hada diminuta. Con su carita traviesa, se acerca a mis ojos, me mira dentro y consigue que me zafe brevemente de la oscuridad.


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Somos Luz. Regalo de Urriellu .Gracias.

©Paloma

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lunes, 17 de marzo de 2008

Consumación


Esta vez se ha consumado la reunión familiar al completo. No tengo conocimiento de si sucede en otras familias pero sí en la de mi ex y, ciertamente, la cosa tiene mérito. Mis suegros han sido capaces desde el principio no sólo de no tomar partido (sólo por un breve tiempo lo hicieron) sino de seguir tratándome como a una hija o nuera, no en vano soy la madre de su nieto mayor. Y no sólo ellos, mis cuñados, los tíos de mi ex... todos me tratan como de la familia, así me lo dicen y así me lo demuestran...

Pero la cosa va más allá desde el momento en que mi ex-marido inicia una nueva relación y mis suegros continúan invitándome a todos los eventos familiares junto con ellos. Hoy ha sido nuestra primera vez, un completo.

Antes de que I. (mi ex) y A. tuvieran a J., yo intentaba ponerme en el lugar de ella. Al fin y al cabo, yo sé qué puesto ocupo, como madre del primer nieto tengo mi propio status en la familia, pero A., por aquel entonces, sólo era la-compañera-de-I. Ahora es diferente, también los ha hecho abuelos, con lo cual ocupa el sillón de madre-de-nieto-cuyo-padre-es-I. contiguo al mío. I. es el primogénito y los descendientes directos de I. son los primeros en la línea sucesoria...

Después tenemos a los descendientes de F., el segundogénito, J. y J., niño y niña, cuya madre ocupa el sillón número 3, correspondiente a un grado más alejado en la línea de sucesión. Y nos quedan las hijas, R. y P., mis cuñadas, hermanas de I. y F., que no tienen intención alguna de dar nietos a sus padres y, por tanto, por decisión propia, son las últimas en las aspiraciones al trono familiar...

¿Quizás hemos sido una expareja de comportamiento no muy habitual? Cuando I. se enteró de que iba a ser padre, me dio la noticia encantado de la vida. De eso se derivó que me dijera oficialmente (extraoficialmente ya lo sabía) que salía con alguien, claro... porque el niño si no de dónde... Cuando nació la criatura me los trajo y me presentó a los dos, al nene y a la madre. Y no habíamos coincidido más hasta hoy en que, como todos los años, el yayo de mi hijo ha celebrado su cumpleaños en un caserío en los alrededores de San Sebastián y hemos acudido todos.

¿Qué pasa en el corazón de mi hijo cuando ve a su padre con una nueva familia? ¿Cuando lo ve jugar con su hermano J. como jugaba de pequeño con él?¿Le llegarán reminiscencias de aquellos tiempos? ¿Sentirá desazón? ... No lo sé. No me lo dice. Veo que mira al pequeño con dulzura y espero que no la pierda jamás. Me ha gustado verle jugar con él, que tiene tan sólo 15 meses.

Habiendo entendimiento, la familia no mengua sino que crece y se enriquece... Chup, chup!

Va por mis suegros, que hacen lo que tienen que hacer para mantener unida a toda su prole.

©Paloma

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jueves, 13 de marzo de 2008

Las cartas

Añoro las cartas, ésas manuscritas y en papel que, antes de la llegada de internet y de los móviles, empleábamos a menudo para comunicarnos contándonos lo que nos sucedía (cambios de casa, vacaciones, estudios en otras ciudades...)

A mi casa llegaba todas las semanas la carta de mi abuela
(abuelita). Era primero leída por mi madre y mi padre y después, previa censura, nos era leída a todos los nietos, La escuchábamos con atención. Hacíamos repetir los párrafos que más nos gustaran. Incluso la carta completa.Y mi madre respondía religiosamente a cada misiva de mi abuela. Así fue hasta la muerte de esta última.

Pocas personas encuentro hoy en día a las que no seduzca más una llamada por teléfono que una carta. Y sí, para un aviso rápido, para una aclaración... para algo práctico, es útil el teléfono. Pero la carta tiene la riqueza de que no se marchará al colgar, no olvidaremos las palabras o el tono porque de nuevo puede ser leída y releída innumerables veces evocando lo que en ella se cuenta, teniéndolo dentro.

He guardado y guardo aún las cartas que el entonces novio mío, que se encontraba en la mili, y yo nos escribimos. Y las saboreé en múltiples ocasiones a lo largo de nuestra vida en común. Hoy ahí están, una parte de nosotros que ya terminó pero que fue. Seguramente no las volveré a abrir o... ¿quién sabe?

Y me gusta recibir cartas, aunque ahora no sean manuscritas... Conversaciones a las que poder volver cuando se tiene la necesidad... ¡Qué bonita es la espera de una carta! La imaginación, la fantasía, idean mil comentarios posibles dentro de la misma antes de su llegada.

Escribir cartas ayuda a interiorizar, a sacar de uno mismo que se encuentra sólo ante el papel, mucho más de lo que lo pueden hacer otros medios de comunicación...


©Paloma

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martes, 11 de marzo de 2008

Madre primera

Nos divorciamos y, la verdad, excepto de forma puntual en el momento del reparto (¡qué duro se hace dividir miseria!), siempre lo llevamos y nos llevamos bien. Entre nosotros se ha mantenido el buen ambiente, el buen rollo, el ayudarse si hace falta.

Pronto él se marchó a vivir fuera y nos hablábamos por teléfono de vez en cuando, en los cumpleaños, en el día del Padre y de la Madre, incluso nos reuníamos en las fiestas familiares, las suyas (en las que yo sigo y seguiré siendo considerada una hija), pero no en las mías (mis padres no le perdonaron).

Algunos temas quedaron a medias, por ejemplo, nuestro hijo, que se perdió a su padre a lo largo de casi todo su crecimiento... y lamentablemente también ahora. Y todo estaba bien. Cada uno rehaciendo su vida. Sabía que había comenzado a salir con alguien y no me afectaba en absoluto.

Un Día de la Madre me llamó, como cada año, para felicitarme y me dió, radiante, la noticia de que iba a ser papá. Sentí una punzada dentro y pensé para mí: "papá ya lo eres; en todo caso, papá por segunda vez". Me dolió. Sí. Me dolió por N., pero comprendo la ilusión con la que me lo decía y que no pretendía obviar a su primer hijo. Lo cierto es que, de chiquitín, le quiso mucho y le cuidó en los ratos que estaba con él, como vi el sábado que cuidaba al pequeño J.

Y yo, que ya no tenía nada con él, sentí unos deseos irreprimibles de llorar en cuanto colgué el teléfono. Llorar por lo que no tuvo mi hijo y que seguramente (ya lo he comprobado y espero que le dure más que al mío) tendrá éste. Llorar porque, aunque nuestra ruptura era definitiva y no esperaba ni me planteaba ninguna vuelta, era la materialización del fin de nuestra vida en común, tantos años juntos compartiendo tanto, tantas ilusiones, tantas ganas que quedaron en el camino. Llorar porque había sido capaz de comenzar con una nueva familia y, sin embargo, de su hijo mayor se acordaba en los cumpleaños, al menos en la práctica, y poco más.

Y se me planteó un "problema"... Yo, que necesito poder nombrar todo lo que me sucede o soy, precisaba también ubicarme con respecto a aquella criatura, porque me sentía alguien siendo, como soy, la madre de su hermano mayor. Después de darle muchas vueltas, encontré una "solución" que me satisfizo y me dejó tranquila. Concluí que, para los dos hermanos, yo era Madre Primera y la de J., Madre Segunda...

Todavía no lo he comunicado de forma oficial...

©Paloma

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domingo, 9 de marzo de 2008

Encuentros




Juega con un niño pequeño. Lo monta en los columpios y, cuando intenta llevárselo, el peque protesta. Le atiende, le trata con mimo y paciencia. El nene ríe contento al ser impulsado con fuerza y alzarse el columpio a una altura ya significativa para su corta edad. No tiene aún 15 meses. Es rubio, con el pelo un poquito largo, liso. Su tez pálida. Sus ojitos redondos. Carita simpática.

Si no lo hubiera estado buscando, habría pasado de largo sin conocerle. Hace ya 1 año de la última vez que nos vimos. Tiene más canas y ha cogido un poco de peso y, sobre todo, le falta la barba que acostumbraba a llevar. Sus ojos siguen siendo risueños y tristes y hasta un punto traviesos pero ya cansados.

Siento una extraña sensación al observar desde la distancia sus juegos. Extraña por la ausencia de emoción en mí, como si de un desconocido se tratara. Extraña por lo importante que fue en mi vida y no ser ahora nada. Extraña porque contemplarles me transporta al pasado pero sólo para ser mera espectadora de él.. Me llegan reminiscencias de otras tardes, otros parques, otros juegos, otras risas...

-¡Hola! ¡Estábais aquí!- le saludo.

Se vuelve hacia mí. Me sonríe.

-¡Hola! Sí, desfogando al peque para que nos deje comer un poco tranquilos luego.

-Te he llamado al móvil al salir pero no me has cogido. Pensaba que quizás no venías finalmente.

-¡Qué va! Es que me lo he dejado en el coche-, dice con una expresión de excusa en el rostro.

Busco en sus ojos mientras me habla. No, no hay nada. También soy una extraña para él. Incluso percibo un ligero nerviosismo por su parte. Le pregunto por su vida, por cómo le va. Charlamos un rato y nos ponemos al día de forma somera sobre la suya y la mía. Me dice que después vendrá nuestro hijo a verles. Es importante el matiz, "vendrá". No es el motivo principal de su visita a esta ciudad abrazar a su hijo mayor. Nos despedimos y le deseo un buen viaje, para cuando yo salga de trabajar esta tarde él ya se encontrará de regreso.

©Paloma

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sábado, 8 de marzo de 2008

Pequeñas preguntas


Hay pequeñas preguntas que, sin pretenderlo, te sitúan entre la espada y la pared, colocan un precipicio a tus pies, hacen mella...

"¿Tanto te doy?" ...

Y yo no sé dónde ubicar la línea que divide el cariño que yo doy de mi propia necesidad de cariño.


©Paloma

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miércoles, 5 de marzo de 2008

Sobre la inspiración


Yo me pregunto si es tan dificil escribir lo que uno siente. Y por qué a menudo esperamos que la inspiración, unas veces suave como la brisa fresca, otras potente cual torbellino, nos envuelva dirigiendo nuestro pensamiento y nuestras manos.

¿Por qué nos empeñamos en manifestar o decir de modo distinto al que somos? ¿No sería mejor expresarse sin más, a bote pronto?

Quizás la inspiración sólo espera un hueco, un resquicio por donde colarse entre nuestra mediocridad.

Prefiero la desnudez, unas veces dulce y otras amarga, de las palabras crudas que cuentan, que hablan, que lloran, que ríen... desde dentro.

©Paloma

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miércoles, 26 de diciembre de 2007

La causa



Me pregunto a menudo la causa de la infelicidad, de la tristeza de todos aquellos, nosotros, que no carecemos de lo esencial, que llevamos una vida más o menos cómoda.

Si tuviéramos que emplear nuestras energías en buscar alimento, proteger a nuestras crías contra las fieras, hacer fuego cada día para calentarnos o fabricar nuestras propias ropas de abrigo, es decir, en sobrevivir, no nos quedaría tiempo para sentir tristeza.

La falta de contacto con la naturaleza, con nuestras raíces, puede ser la causa de fondo. Si pisáramos sobre la hierba con los pies descalzos, si rozáramos la corteza de los árboles con nuestras manos, si nos abrazáramos a ellos, si sesteáramos en un claro del bosque entre los rayos de sol que reverberan y la sombra fresca, escuchando el canto de los pájaros, el murmullo del viento entre las hojas, si nos bañáramos en fuentes vivas y cristalinas, de agua cantarina que corre entre las piedras, si supiéramos -en fin- sentir a la tierra, su latido, si sincronizáramos el nuestro con el suyo... quizás tanta tristeza se disiparía.

Buscamos pertenecer a algo, a alguien, echar raíces y que las echen en nosotros. Somos criaturas perdidas, indefensas en un mundo civilizado-deshumanizado, de soledad, de aislamiento, de gris.


©Paloma

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martes, 23 de octubre de 2007

Prefiero la telepatía



Son palabras. Palabras que cada uno entiende a su manera y que no tiene por qué ser la misma, aunque lo parezca.

¿Recuerdas el cuento de los espejos? Cada uno ve el mundo según lo que él es. Y de ese modo, cuando yo hablo de amistad, hablo desde mi manera de entenderla. Y, cuando me hablas de amistad, entiendo lo que tú me dices según lo que yo misma creo que es. Y viceversa. Cuando tú me hablas de ella, lo haces según lo que tú comprendes. Y, cuando yo te respondo desde mi vivencia, tú lo traduces a la tuya y lo entiendes según tu modo.

Es lógico que sea así. Se trata sólo de una ilusión de entendimiento. Por eso nos frustra, me frustra, el momento de constatar que no entendemos lo mismo del mismo modo. Para que las personas se comprendan certeramente a la hora de comunicarse hacen falta años de conocer y aprender cómo es uno mismo y el otro. Y, aún así, no sé si llega la perfección.

Con la soledad sucede lo mismo. Y con cualquier tema. Por eso me pregunto muchas veces si tiene sentido hablar. Cada día me gustan menos las palabras. Enmarañan. Enturbian. Falsean. Producen irreales sensaciones de cercanía. No expresan lo que tenemos dentro.

En fin, sin embargo las necesitamos. Las necesitamos pero no me gustan. Sería preferible la telepatía. La pena es que casi ninguno tenemos esa capacidad...


©Paloma

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No basta con la imaginación


Me lo he preguntado a mí misma. Me lo he preguntado de tú a tú y aún sin café, mirándome a los ojos... en esta noche negra, de pensamiento negro... ¿Tú puedes volar?...Y la respuesta ha sido "no".

En ocasiones atisbo una luz y parece que cobro bríos. Intento mover mis alas entumecidas. Me alzo un palmo, dos, incluso más... Y vivo de nuevo, por breve tiempo, la ilusión del vuelo.

Pero para remontarse por encima de uno mismo no basta con la imaginación. Hay que tener fe. Y mis alas están rotas. Soy un ángel roto. Caído de un cielo roto, plagado de sueños rotos.

He recogido los trozos de mis sueños y los he ido pegando laboriosamente. Aquí encaja éste. Más allá, si le doy la vuelta, el otro... Soy un puzzle de sueños... Sonrío. No suena mal. Incluso parece poético. Pero el nombre no cambia el contenido. No borra la desilusión. No anula el fracaso.

Mi hada sigue aquí. Empeñada en que busque. Y yo no encuentro nada. Sólo oscuridad.

©Paloma

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