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domingo, 31 de mayo de 2009

PREMIO "ESTE BLOG ES FEMENINO E INTELIGENTE"



PREMIO "ESTE BLOG ES FEMENINO E INTELIGENTE"

Este premio-juego me lo ha concedido Laura Gómez Recas, de Hortus Líber que ha querido hacerme partícipe de él y proporcionarme así la posibilidad de "jugarlo".


Las reglas del premio son:


1. Hay que escribir un cuento, poesía, poema, definición o lo que quieran que incluya las palabras: vida, amor, literatura, sexo, viaje, cine.
2. Conceder el Premio a 7 blogs de mujeres.
3. Mostrar el link de todas y avisarles a cada una en su blog.

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Este pequeño relato es mi participación:


A LA HORA DEL CINE




La vida parecía detenerse cada verano en aquel rincón a la orilla del río escondido de miradas ajenas. En la tarde-noche acudían todos a la llamada de la gran pantalla instalada al aire libre, en la plaza, y era entonces cuando ellos llevaban a término su particular viaje.

Se conocían desde siempre. Sus raíces estaban en aquel pueblo al que regresaban durante las vacaciones estivales. Habían trepado juntos a los árboles, recorrido los senderos, acompañado con las vacas a Pedro, recogido fruta, pescado truchas, cazado renacuajos en el río, tirado a los bolos en la bolera... Habían crecido juntos, sí, pero sólo ahora se habían descubierto seres de distinto sexo, sintiéndose de pronto desconocidos.

No sabían qué era aquello que les recorría y que hacía latir alocado su corazón por vez primera. Aquello que bullía siempre, de día y de noche, y les llenaba de timidez al encontrarse. Aquello que les impelía a buscarse y rehuirse al tiempo.

Terminando ya ese verano y ante la inminente próxima despedida, cobraron suficiente valor para no dejarse perder atrapándose al fin en un cruce de miradas azoradas, un apresurado roce de los dedos, un torpe beso en los labios, una pregunta "¿me esperarás?", una promesa "no te olvidaré", un deseo "escríbeme".

Y así fue como comenzó el viaje en el que mantuvieron vivo en la distancia su alborotado y joven amor. Un viaje alimentado por las consonancias de rimas adolescentes, breves pulsiones de su propia e incipiente literatura, remedo de la encontrada en los libros de poesía, leña para el fuego de su amor, para el deseo del reencuentro y del contacto, de la caricia, del descubrimiento del goce del sexo.

Y así, en aquel rincón escondido, cada tarde de cada verano durante muchos veranos y a la hora del cine, él extendía, delicado, una manta de cuadros sobre la hierba para protegerla de la humedad y ella, sonriente, se refugiaba en sus brazos. El tiempo perdía sentido, suspendido en el aire por las confidencias, las risas, la electricidad que se intercambiaban, y aquel refugio al abrigo de miradas ajenas, entre olmos, juncos y rumor de agua, se convertía cada día en la parada anhelada de su permanente viaje.

©Paloma


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EL Nido de Paloma concede el premio a siete mujeres que escriben como los ángeles, cada una en su estilo. Espero que les agrade y gusten de participar.


Los blogs premiados por El Nido de Paloma son:


*Aurora, mi brujita preferida,

*Eme, la niña de las amapolas,

*Ane,

*Xenevra , nuestra artúrica dama

*Nata, la dulce,

*Andrea, fresco torbellino,

*Maite


Un beso a todas.

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martes, 31 de marzo de 2009

Puertas -III-

-Fruta mística-




Le hace sonreir el recuerdo de los momentos vividos mientras saborea las más dulces y jugosas naranjitas que haya probado nunca y el enanito gruñón la mira de reojo con seriedad aparente nada más, pues un brillo divertido se le escapa, incontenible.

Ella no está muy segura de conocerle. Sabe de su interior un poco más, quizás bastante más, que muchos pero sigue resultándole un mundo complicado, una empresa que se esfuerza en acometer, un reto que se empeña en lograr aunque a veces se sienta superada y aún a pesar de que él mismo le abra la puerta para que se adentre.

Continúa en su deleite, paladeando el frescor agridulce y vivo de esas pequeñas y carnosas frutas impregnadas del hálito vital de quien se las trajo. La distancia sólo existe en el corazón y su corazón cercano lo acaricia recreándose en cada bocado. Mezclando con la pulpa las imágenes, los recuerdos, masticándolos y engulléndolos a la vez. Degustando las sensaciones, la voz y la luz de sus ojos al tiempo que las fibras vegetales se van deshaciendo en la boca. Sorbiendo con fruición el zumo jugoso que le resbala por el interior de la garganta vivificándola lleno de dulzura de risas y besos.

Terminado este ritual, desliza la punta de la lengua por sus labios, recorriéndolos delicada, enjugando sus comisuras para no perder ni una simple gota de tal exquisito festín, satisfecha y plena tras este acto pseudo-caníbal en que él ha entrado a formar parte de sí misma.

©Paloma

Nota: ver Para comerte mejor

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sábado, 17 de enero de 2009

Puertas -II-

-Microcosmos-



El sol entra a raudales por la ventana del salón dando de lleno donde está sentada y, aunque es invierno, templa lo suficiente el ambiente produciendo una impresión de hora de siesta veraniega, ese cálido bienestar, ese sopor físico en el que se va cayendo poco a poco, como adormecido el cuerpo pero con el pensamiento lúcido; ese relax que vuelve pesados nuestros miembros pero en el que la mente es ágil.

La impresión luminosa que la rodea la lleva de viaje entre los recuerdos, evocando otro momento hace ya mucho tiempo cuando sintió por vez primera ser parte consciente del universo. Suena rimbombante quizás, sí, pero hay una gran diferencia entre saber que estamos en el universo y sentir que somos universo. Aquel día percibió desde lo más profundo del más pequeño de sus átomos que el cosmos y ella eran la misma cosa. "Como arriba, es abajo".

Así fue cómo quedó marcada para siempre por el principal punto de inflexión en su vida, el inicio de la diferencia para ella. Y, aunque ha pasado y pasa por momentos de no querer ser consciente y de dejarse llevar para no pensar, adormecida la mente, está convencida hasta las trancas de que vivir sin comprender los porqués de lo que hace, de lo que siente, de de lo que vive es no vivir sino vegetar. Por eso va abriendo las puertas que encuentra a su paso, todas, las suyas y las de los que la rodean, hasta las que más miedo le produce abrir.

©Paloma

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viernes, 16 de enero de 2009

Puertas -I-

-Cuentas de nácar-



Él lo sabía. Sabía que, después de su marcha, irían vertiéndose como a cuentagotas las pequeñas cuentas de nácar que, si llegaba a mirar, le obligarían a recordar, a pararse ante el espejo de sí mismo, a verse como no quería hacerlo.

A menudo acariciaba una imagen amable y complacida de sí, satisfecho de esa apariencia de claridad y firmeza que trasladaba a los demás, de esa impresión de estar de vuelta de todo que mostraba pero, de vez en cuando, algo le obligaba a verse desde otra perspectiva, no peor, sólo distinta, aunque a él le inquietaba esa novedad. Y le inquietaba porque provocaba, rasgada su coraza protectora, que se sintiera desvalido y, al menos de momento, sin un suelo sólido que pisar.

Es ardua tarea construirse durante casi una vida una fortaleza alrededor y un buen basamento donde apoyarse como para que, de pronto, unas pequeñas cuentas blanquecinas obraran ese efecto sobre él y consiguieran hacerle sentir atrapado en una tela de araña de la que deseaba escapar.

Por eso evitaba abrir esa puerta tras la que las perlas cobraban vida. No le gustan los cambios, no se adapta fácilmente a ellos. Necesita tiempo, tiempo y tranquilidad para asimilar y, sobre todo, no sentir agobio. Así que de momento se dedica a ir abriendo todas las puertas que tiene al alcance, todas menos ésa que le quema sólo con pensar en ella.

©Paloma

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domingo, 11 de enero de 2009

Alma de cántaro

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Como Brujilla Blanca Autodidacta no tengo precio, confundo las pociones y brebajes por más que no los quiera mezclar. Procuro ser ordenada, aunque no sé si es necesario que las brujas lo sean, y voy colocando todo alfabéticamente, como en la botica. Primero la A, después la B.... y así hasta la Z, que es la poción más dificultosa de realizar. Y, a pesar de todo ello, acabo confundiendo la de "El milagro de un nuevo amor como el primero pero veinte años después" con la que dice "Estoy muy a gusto pero estás lejos" con sus títulos preciosamente caligrafiados en caracteres mágicos.

Y las confundo porque comienzan con la misma letra y se pronuncian con la misma voz pero cada una tiene su momento, según el momento, claro. ¡Ah, sí! ¿No lo he dicho? Mis pócimas hablan entre ellas y me hablan a mí y tienen vida propia. Si la primera ("El milagro...") está actuando, se abre solito el tarro de la segunda para tirar a aquella por tierra y deshacer el encantamiento.. Y, cuando el embrujo de la segunda ("Estoy muy...") está siendo demasiado fuerte, algunas gotas de la primera salpican adrede para anular ese efecto y hacerme un lío... Bufff...

En el interior del bosque susurran las voces de los árboles...
"Ssssiiiii... sssiii..." dicen las hojas encantadas del roble... "¡Es la primera, la primera, la que comienza por E es la verdadera! "

Jajajajaja.... Ríen alborotadas las de las hayas... "Nnnnnooooo... nnnoooo... ¡La segunda, la segunda, la que comienza por E es la verdadera!"

Vaya ayuda que tengo, ¿eh? Vamos, que soy más bien un alma de cántaro al mandato de mis pociones. Y aún no he contado nada sobre los líos que organizo con el Caldero Mágico. Como el otro día que me tropecé con él mientras se cocían a fuego lento en su interior Sueños Insensatos e Imposibles y se desparramaron por los suelos mezclándose con los tarros de Sueños de Ingenuidad e Ilusiones... Casualidad, también comienzan por la misma inicial.... snifff...

No creo que la "Asociación De Brujitas Blancas Del Bosque" me conceda este año tampoco Las Alas De Primer Nivel.

¡Menuda bruja del tres al cuarto que estoy hecha!

©Paloma

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martes, 4 de noviembre de 2008

El cuaderno de hojas secas (y IV)

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Los cuentos están hechos para los días grises, nublados, lluviosos. Para las noches frías, bajo la manta o al calor del fuego. Acércate, quédate sentadito a mi vera, niño del corazón triste, apoya tu cabeza en mi regazo, cierra los ojos...


Para Finwë Anárion


Sus ojos eran una súplica y una orden al tiempo. Yo sentí que no era él quien me lo pedía sino el Mundo mismo y hasta me pareció que éste paraba para escuchar mi respuesta.

-Sí, sí, le dije sin abandonar su mirada a la cual me mantenía sujeta, hipnotizada. ¿Qué he de hacer?

El hombrecillo verde me cogió de nuevo en volandas, arrastrándome a lo alto del cerro. Y sin soltarme la mano, levantándola en alto, habló en un lenguaje que yo no comprendía. Un lenguaje sin sonido pero vibrante. Y la vibración de su voz, inaudible para mí pero que conmovía profundamente, fue extendiéndose en ondas, inundando el paisaje, atravesando montañas, árboles, casas.... cabalgando en el aire y llegando al corazón de todas las criaturas y seres que habitaban la región y que fueron respondiendo del mismo modo mientras se acercaban hasta donde nos encontrábamos.

Tenía la sensación de que todo giraba, incluso yo. Me sentí elevada del suelo, siempre agarrada de su mano, y, aún con los ojos cerrados, percibía que el día brillaba más que nunca y que lucía con un esplendor sin igual, que traspasaba de luz toda materia, volviéndola etérea.

Cuando las oleadas fueron perdiendo intensidad abrí los ojos y me vi rodeada de una miríada de criaturas de todos los Reinos de la Creación, representantes de todos y cada uno de los seres vivos (los del Aire y los de la Tierra, los del Agua y los del Fuego; de los más grandes a los más pequeños), que habían respondido a la llamada de Fastolph Overhill, el enano, y que esperaban respetuosos sus indicaciones.

Habló de nuevo su mágico lenguaje y todos a una entonaron un cántico nuevo que manaba transformado en luz y que comenzó a descender ladera abajo desde lo alto del cerro hasta encontrarse con todo aquello que, en la explanada, no cumplía con el equilibrio natural. Las notas de la antigua lengua, pronunciada por tan distintas gargantas, fueron rodeando aquellos vestigios olvidados por el ser humano inconsciente, penetrando y deshaciendo su sustancia, desintegrándola, permitiendo nacer de ellos la Vida.

Cantaban aquellas voces mirando hacia adentro, manteniendo el ritmo y la intensidad constantes hasta que, en un momento dado, Fastolph, con un gesto de su mano, dio la orden de terminar. Poco a poco fuimos saliendo del encantamiento en que participamos, incluída yo sin conocer aquel lenguaje. Volvieron nuestros sentidos a percibir, siendo conscientes de nuevo del lugar en que nos encontrábamos. Y, al abrir los ojos, un esplendoroso paisaje se nos ofreció a la vista. La Vida, con nuestra ayuda, había logrado restaurar el orden perdido.

Las criaturas se mostraron alborozadas y mucho más mi querido enano al cual ya no tenía miedo porque comprendía la labor que realizaba. Cantaron, bailaron y poco a poco fueron retornando transportados en el aire a los lugares de que provenían, todos en orden según el Reino al que pertenecieran.

-Ven, niña. Me habló Fastolph. Y tomándome nuevamente de la mano tiró de mí y me acercó a su altura. Me miró agradecido y cariñoso. Después sacó de su bolsillo aquel cuaderno de hojas secas donde escribía el día que lo conocí y me lo entregó, indicándome que lo abriera. En las hojas había unas palabras escritas con tinta mágica de hadas. Nindë Númenessë. Le miré sin comprender.

-Aquel día que me encontraste, sentado bajo la higuera escribiendo en este cuaderno, creyendo que no te veía, yo te esperaba. Y claro que vi la cestita de higos a mi lado, me guiña un ojo. Llevaba tiempo llamándote en el lenguaje mágico. Yo te atraje hasta aquí. Y en prueba de ello anoté tu nombre élfico, Nindë, porque sólo tu corazón limpio me faltaba para lograr recomponer el equilibrio de este lugar.

Sus ojos me miraban dulces. Me pareció conocerle de siempre y su imagen comenzó a tomar forma en mis recuerdos más antiguos. El siempre había estado conmigo. Fui yo la que por un tiempo le olvidó y, cuando regresé, no lo recordaba como era. Mi enano, que creí de piedra, Fastolph Overhill of Rushy, era mi protector y el que salvaguardaba el Antiguo Conocimiento en mí.

-Hoy es el día en que que las Hadas de las Estaciones, Amarië Ancalímon, se darán por satisfechas de mi labor. El Hada Otoño, Aredhel Fëfalas, que te conoce, llegará pronto. Mira, aquí viene.

Se acerca volando un ave de gran envergadura, batiendo las alas con amplitud. Su color gris plata. Negras las plumas remeras y el copete de la cabeza. Largas patas de zancuda y un cuello esbelto e interminable. Se posa a nuestro lado moviendo el aire y nuestros vestidos. Redondos sus ojos y el pico largo y amarillo. Habla con una voz delicada que no se sabe muy bien de dónde proviene:

-Fastolph Overhill, amigo mío, trajiste a Nindë, en una exclamación mezcla de satisfacción y alivio.

Yo, con los ojos bajos, no me atrevo a mirar, me impresiona ver tan de cerca a la garza que busco encontrar cada día y descubrir que no me teme y que habla de nuevo con voz cristalina:

-Soy yo, Nindë, dice en respuesta a mi temor. Soy yo quien te hace buscarme para que la magia viva en ti, para que no pierdas el verdadero conocimiento de lo que somos y a dónde pertenecemos.

Las voces se van haciendo más y más lejanas, se van perdiendo en el subconsciente y yo despierto bajo el sol, tumbada sobre un mullido colchón de hojas secas. Rememoro lo que acabo de vivir sin acabar de comprender. Un poco desilusionada, pienso:

¿Entonces sólo era un sueño?

No, no, no... No puede ser.

Y me levanto en busca de mi querido Fastolph, que seguro está como siempre a la entrada de casa. Él me cuida.



-FIN-

©Paloma

N. de la A. Esta historia nació a raiz de haber desaparecido un enanito de piedra que guardaba el camino de la casa en El Turrutal, un terreno en el monte. Por eso espero sepáis disculpar que finalmente uno de los personajes del mismo sea yo.

Me hubiera gustado que alguien me contara un cuento así sobre mí.

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domingo, 2 de noviembre de 2008

El cuaderno de hojas secas (III)

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Los cuentos están hechos para los días grises, nublados, lluviosos. Para las noches frías, bajo la manta o al calor del fuego. Acércate, quédate sentadito a mi vera, niño del corazón triste, apoya tu cabeza en mi regazo, cierra los ojos...
Para Finwë Anárion



-Ven, me dice.

Me coge de la mano y me lleva pensativo hasta la parte alta de la casa, donde la vista abarca un enorme espacio. Me hace sentar allí, al borde, mis piernas cuelgan en el aire.

-Mira, niña. ¿Ves? Todo lo que tu vista abarca y más, a un lado y a otro, delante, detrás... es la tierra que ha de supervisar el Hada Otoño. Cada año, al cambio de estación, el Hada del Verano, Aredhel Culnámo, una vez rendidas cuentas de su ciclo, le pasa el testigo y ella va recorriendo los territorios, vigilando que todo esté en orden...

Sigue hablando y hablando. Me cuenta sobre todas y cada una de las leyes que rigen la naturaleza. Me observa a menudo, explorando mi reacción a sus palabras, y, satisfecho, continúa sus explicaciones sobre el equilibrio necesario entre los seres vivos, que todos estamos relacionados, que si tomamos más de lo que necesitamos, a alguien le faltará. Sobre los cuidados que proporcionar a todo lo que nos rodea, sobre la importancia de respetar la vida que late en todo, hasta en lo que nos parece inanimado.

Me va trasportando con sus palabras a través del alma de cada ser vivo. Me hace comprender sus lenguajes. Y ser tierra y ser planta. Ser árbol, hoja, tronco y savia. Ardilla, liebre, topo, águila. Perro, araña, gato, luciérnaga. Nube, viento, montaña, agua... Ser luna y ser sol. La luz se va extendiendo dentro de mí.

Me dice que es ayudante de las hadas, que está al cuidado de ese paraje, que ha protegido todo lo que en él existe pero que, estación tras estación, desde hace algunos años hay algo que él no puede solucionar y que no quiere enfrentarse más a la mirada triste de las hadas cuando comprueban que aún permanece.

-¿Qué es? Pregunto intrigada.

Se ensimisma y enmudece. Su cara triste.

-Ven conmigo, dice después.

Se alza de un brinco. Me agarra fuertemente la mano y me arrastra casi en volandas, con lo pequeño que es. Bajamos del tejado y me hace subir la cuesta de tierra bordeada de cipreses. El a largas zancadas de sus botas mágicas de andar montañas en un solo paso, yo corriendo tras él a tirones de su mano. Retumba el suelo y suena mi respiración agitada por la carrera.

-Ahora lo verás, niña. Y verás por qué hay que cuidar lo que nos rodea.

A trompicones me llevó hasta allí. Es una zona llana en un lugar un poco más elevado del que se encuentran la casita y la higuera. Un lugar que fue hermoso un día, en el que la naturaleza y los seres vivos cohabitaban en paz pero que ahora se encontraba lleno de deshechos, de restos de todo tipo, que se habían ido almacenando al paso del tiempo.

-¿Lo ves? Esto es lo que hacéis los humanos. Esto es lo que haces tú.

Me miraba con esa cara tan seria y con tanta tristeza que me hizo saltar las lágrimas. Me permitió ver la verdad, quién soy y lo que significa vivir.

-¿Y qué puedo hacer? , le dije compungida.

-Necesito un humano, me dijo, esperanzado y mirándome al fondo de los ojos, con una voz baja y vibrante. Sólo un humano que mantenga puro el deseo de servir a la Vida y que esté dispuesto a cuidar lo que ella le ha proporcionado para su uso y disfrute y para que lo guarde y lo cuide y lo haga fructificar. Te necesito, niña...
... Continuará...

©Paloma
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El cuaderno de hojas secas (II)

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Los cuentos están hechos para los días grises, nublados, lluviosos. Para las noches frías, bajo la manta o al calor del fuego. Acércate, quédate sentadito a mi vera, niño del corazón triste, apoya tu cabeza en mi regazo, cierra los ojos...

Para Finwë Anárion



Han pasado mucho días desde que tuve mi primer encuentro con el enanito, con mi enanito de piedra perdido. El otoño avanza y el frío del Polo se empeña en llegar aún antes de que lo haga el Señor del Invierno. Los caminos de la montaña se vuelven difíciles de transitar, la tierra es resbaladiza y apetece más quedarse en casa. Pero en mi cabeza cada día está el recuerdo de aquel enanito al que no le salían las cuentas y cuyo misterio me queda por descubrir.



Hoy las nubes dan una tregüa y el sol sale pronto por la mañana. Me voy para allá. Abro las cancelas mirando a todos lados, aguzando el oído, escudriñando en la distancia. Con la lluvia ha subido el nivel de la alberca y todo está mucho más verde. Me acerco a la casa, a la higuera, aún conserva parte de sus frutos pero la mayoría están diseminados por el suelo, mezclados con las hojas caídas, negruzcos, pasados.

Me pongo los pantalones de campo, me calzo las botas y, con el anorak y los guantes de lana, voy a por la escoba para comenzar a barrer las hojas diseminadas, que se amontan hasta buena altura en los rincones. Las quemaré.

Absorta en esta faena, luchando con el aire que sopla, frío y juguetón, robándome las hojas, arrastrándolas de un lado a otro, me sorprende de pronto una voz pequeña y ruda, muy enfadada:

-¡Eh, niña! ¿Qué haces? No, no, no... No toques nada. ¡No toques nada!

¡Qué susto, dios mío! Acostumbrada a la soledad del lugar, a las voces del silencio de aquellas alturas, al frufrú de las ramas de los árboles, al chillido de las águilas y al eco de respuesta que devuelve la montaña, al trino de los pájaros, el zumbido de las avispas, algún ladrido de los perros de las fincas vecinas... pero no a una voz tan cercana que no he sentido llegar.

He dado un brinco y el corazón me late a trompicones. Me agarro con fuerza a la escoba, no para defenderme sino más bien como si ella me pudiera proteger... Me giro para ver a mi interlocutor. Tengo el convencimiento de que es aquel a quien tenía deseos de ver. Dominando el susto del principio me doy la vuelta justo en el momento en que la voz llega hasta donde me encuentro. Sí, está enfadado, muy enfadado. ¿Pero qué he hecho?

-¡Niña, niña! ¿No sabes que el Hada Otoño está por llegar?

-¿El Hada Otoño? ...¿? ... ¿Quién?

Lo tengo delante. Me llega a la cintura. Va vestido de verde como en la anterior ocasión. Lleva guantes, como yo, y el gorro bien calado sólo deja ver las puntas de un cabello largo y blanco, tan blanco como la barba tupida que luce en la cara.

Su expresión es seria, muy seria. Parece que he cometido una falta grave. Y sus ojos son más serios aún. Me mira desde abajo a través de unas lentes de aumento redondas, colocadas ante sus también redondos ojos, los brazos en jarras, las manos enganchadas en su ancho cinturón. Habla de nuevo, haciéndome un gesto con la mano.

-Acércate, niña.

Me agacho hasta que mis ojos asustados quedan a la altura de los suyos, grises, que me miran con severidad.

-Hoy es el día en que llega Aredhel Fëfalas, el Hada Otoño, a revisar estos parajes. Para conocer cómo han madurado los frutos, cómo las hojas han cambiado de color, cómo ha crecido la población de conejos, si los topillos han construído sus toperas a tiempo. Si los árboles de las laderas, si los zumaques, si el tomillo, si las piedras del camino, están todos preparados en el cambio de estación. Si ha llegado el hombre y ha originado desperfectos... Tú, niña... Me mira despacio. Si se han elimado los que antes realizó...

Ahí le cambió el rostro. De malhumorado pasó a preocupado, un estremecimiento lo volvió casi frágil. Me mira de nuevo. El sabe que no todos los humanos son dañinos y menos aún lo son los niños. Es importante que los humanos pequeños conozcan la verdadera realidad, la que olvidan muchos cuando llegan a adultos.

...Continuará...


©Paloma
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martes, 21 de octubre de 2008

El cuaderno de hojas secas (I)

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Los cuentos están hechos para los días grises, nublados, lluviosos. Para las noches frías, bajo la manta o al calor del fuego. Acércate, quédate sentadito a mi vera, niño del corazón triste, apoya tu cabeza en mi regazo, cierra los ojos...
Para Finwë Anárion

Ayer me acerqué a la higuera a buscar los últimos higos que van quedando, oscuros, abiertos, rezumando miel. Y rodeada por sus ramas, estirándome a un lado y a otro para alcanzarlos, de pronto oí una voz, apenas un murmullo entre el frotar de las duras y rasposas hojas del árbol.

No se entendían las palabras. Me quedé quieta y escuché... No, no, no... -decía la voz. Me acerqué un poquito más, casi sin respirar para no ser descubierta, y con gran sorpresa descubrí al enanito de piedra que me falta a la puerta de la casa, muy atareado anotando en un cuaderno de hojas silvestres secas. Canturreaba por lo bajo y negaba de nuevo. Estaba vestido de verde, pantalón y casaca, un gorro también verde adornado con un pompón en la cabeza y unas botas altas negras, botas mágicas de andar montañas en un sólo paso....

Concentrado en sus asuntos no se percataba de mi presencia que ya se me iba haciendo de lo más incómoda, aguantando a pulso en una posición un poco inverosímil por no hacer ruido. El cuerpo contra el árbol, el pie derecho en el aire sin acabar de pisar, y la mano del mismo lado agarrando una rama que me hubiera impedido ver al enano si no la hubiera retirado.

Cruzaban por mi mente mil ideas peregrinas que poner en práctica para escapar de la situación porque, a nada que me moviera, si el personaje era un cascarrabias (dicen que lo son y, además, traviesos) seguro que me hacía un encantamiento.

Continuaban sus canturreos y sus negativas. Parecía echar cuentas. Por fin, cierra su cuaderno y se alza en pie. Apenas medio metro, un orondo medio metro. Podría tratarse de un baloncillo con cara de enano... jou jou jou

A pequeños pasos se dirige a la escalera que salva el terraplén desde la higuera hasta la casita, la rodea, parándose a observar minuciosamente cada pocos pasos. Le da una nueva vuelta y con cara de resignación se va alejando por el camino hacia arriba.


Llueve. El día gris no acaba de levantar y el hombrecillo de verde desaparece de mi vista poco a poco. ¿Lo volveré a ver? Voy deshaciendo mi escorzo detectivesco y escapando del abrazo recio de la higuera. Recojo la cestita de higos dulces como la miel. ¡Qué raro que no la ha visto en el suelo junto a él! Y desciendo con cuidado por la misma escalera, de ligeros peldaños, por la que ya lo ha hecho el hombrecillo.

Miro a un lado y a otro. No, no está. Me marcho pero yo he de conocer el secreto de ese cuaderno. Volveré.
... Continuará...


©Paloma

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domingo, 23 de marzo de 2008

El Señor del Invierno

El Señor del Invierno se remueve inquieto en el imponente trono de hielo. Ya hace dos días que debía haber cedido el cetro a Primavera pero está triste, triste porque no ha podido realizar su labor concienzudamente, como a él le gusta. Y es que van ya unas cuantas temporadas en que Otoño no quiere irse, o se va a días alternando con Primavera, e Invierno debe estar muy atento, al quite, para recuperar su trono cuando ellos se despistan. Sólo puede haber frío cuando Invierno ocupa su sillón. El cetro por sí solo no funciona. Cetro y trono deben combinarse.



Esta mañana Primavera dormita tranquila -sabe que está en su turno estacional- arropada por el aroma y el murmullo suave de las flores del almendro. Acurrucada en una oquedad del tronco, al abrigo del día, no se percata de que todo a su alrededor es blanco, blanco radiante... siiiii... como un vestido de novia.


Y es que al fin Invierno, exultante de felicidad y bien sentado en su sillón, hace trabajar a su cetro. Le ordena ¡Ventisca!, que azota los árboles y las plantas, que arrastra las nubes velozmente por el cielo, que ruge con fiereza. Ordena ¡Granizo! que golpea los peñascos y las casas -¡Cuidado! Una oveja está fuera del redil pero ya el pastor la recoge a toda prisa- y las calles y la gente... Piedras de granizo por doquier. Las ciudades quedan desiertas. Invierno disfruta satisfecho. Temía haber olvidado el manejo de su cetro. Lo va desentumeciendo con órdenes que prueba con brevedad.

Tiene grandes deseos de hacer nevar, nevar suavemente, cubrir de nieve el paisaje hasta donde alcance la vista y más... Se pregunta si será capaz de realizar un trabajo tan delicado. Ha pasado mucho tiempo... Un hormigueo de temor le invade y tiembla ligeramente la mano helada con la que sujeta el cetro. La nieve significa algo más, mucho más para él que el resto de sus habilidades. La nieve es una obra de arte. Los aguaceros, los hielos, los granizos, las ventiscas... sólo los ama él. Pero la nieve, tan blanca, tan suave, tan hermosa... es amada por todos.

Los niños la esperan para jugar sus batallas de bolas redondas, para hacer muñecos -más grandes cuanta más nieve- y colocarles su gorrito, su escoba, su zanahoria... y realizar iglús en los que sentirse esquimales. Para deslizarse en trineo por las cuestas nevadas y escalarlas de nuevo tirando de él con una cuerda, después lanzarse abajo otra vez. Para hacer travesías por el bosque y tomar fotografías de cualquier rincón. Todo se vuelve infinitamente más hermoso con ella, el bosque y la ciudad. Cuando nieva la gente sale de sus casas -pequeños y mayores- y es una fiesta imprimir nuestras huellas sobre ella. Y es también una fiesta en la naturaleza, en los campos, en los que va destilando despacio el agua asegurándoles buena humedad en primavera. Hasta los animales se maravillan de ver esos algodones caer y brincan y caracolean intentando atraparlos.

Alza su cetro Invierno, en la mente una idea: NIEVE... Y en un gesto delicado, que creía no poder recordar, ordena que se produzca la maravilla... Aguanta la respiración. No está seguro de si habrá sido demasiado leve el gesto. Quizás no es suficiente. Las nubes de plomo cubren el cielo. Algunas gotas caen con parsimonia. Duda.

Eleva el cetro de nuevo y repite, casi imperceptible, la misma acción. El cetro es prolongación de su mente fuertemente concentrada. Mantiene el esfuerzo... Y ya la lluvia se va tornando algo más pesada y blanca. Son copos, grandes copos, planos, que caen verticales, sin agobios hacia el suelo. Va volviéndose más densa y espesándose la nevada pero siempre tranquila, despaciosa... Así la quiere su Señor. El paisaje se cubre de un blanco luminoso y hasta el sol se cuela entre las nubes un momento para hacerlo brillar aún más. Un manto sedoso, su regalo de despedida pues debe ceder ya el Trono a Primavera.

Cansado, su tierno corazón helado se despide satisfecho al fin. Sacude el anciano su larga melena y la interminable barba nívea que le nace del rostro. Vestido con túnica gélida, adornada de carámbanos, y capa de escarcha con abotonadura de granizo, se incorpora lentamente posando el cetro con suavidad en el Trono de las Estaciones. Ese asiento que ocupará otra vez sólo cuando, a su tiempo, vuelva de nuevo a nacer. Se va.

Desde mi ventana, al calor de la lumbre, veo cómo sube en un trineo primoroso, tirado por rayos, iluminado de innumerables centellas, acompañado por la nieve que cae cual manto fundiéndose con el suyo propio. Mira en derrededor, deteniéndose, despidiéndose, queriendo atrapar en esa mirada la maravilla que ha conseguido realizar, y repara en mí, en la mía que le observa a través del cristal de la ventana. Eleva una mano en señal de despedida. Sus ojos en los míos por un momento eterno y fugaz, gastados y sonrientes, me dicen adiós.




Adiós, Señor del Invierno... Se interna en la nieve. Se pierde en la bruma. Ya el día huele a Primavera, más largo. El campo reverdece. Nacen nuevos brotes en las ramas de los árboles. Los pájaros trinan alborozados mientras construyen sus nidos. Las plantas se visten galas de color y de flores. Los aromas invaden poco a poco el ambiente. Y la grulla... sí, aún se quedará hasta que el calor aumente tanto que desée retornar al Norte del que vino un día. ¡Hasta el año que viene!

©Paloma

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jueves, 20 de marzo de 2008

La aurora boreal y la puesta de sol

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A simple vista no parece distinguirse del resto pero sus ojos oscuros, vivarachos y llenos de picardía, ríen solos en cuanto los miras, transformándose en una pequeña rendija. No estoy segura de si logra ver bien a través de ella o si le basta con anclarse en la mirada que le responde

Tiende puentes de sonrisas y es cálido en las distancias cortas pero atesora las palabras, las retiene, las guarda, como el usurero acumula las monedas o los bienes que son preciados para otros. Eso son para él las palabras, su bien más preciado.

Ama aquellas que se elevan por encima de la realidad, que hacen soñar y sueñan, y vuelan trascendiendo lo prosaico. Desdeña las sencillas y cotidianas, ésas que cualquiera podemos utilizar. Y las atrapa y encierra sin comprender que son ellas y no las grandes las que vuelven la vida más fácil de vivir, las que acogen, consuelan, animan, abrazan, acarician, apoyan, sostienen, comparten... Desconoce que un "¡hola!" hace vibrar cálidamente el corazón y tiende una mano intangible pero efectiva. E ignora que un "¡ven!" se cuela en el alma como si de la más inmortal poesía se tratara.


La aurora boreal es mágica pero no siempre se produce ni está a nuestro alcance. Sin embargo, el atardecer de cada día nos invade con sus rojos y amarillos tiñendo de forma inigualable la atmósfera y volviéndonos luz.

El niño de ojos oscuros, vivarachos y llenos de picardía que ríen solos en cuanto los miras, apresa las palabras y, esperando la aurora boreal, retiene al sol dentro de sí...

©Paloma

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martes, 11 de diciembre de 2007

El bosque juega




¿Sabes? Esta noche, durante el sueño, he escuchado algo. Un arañazo suave, desorientado, que rozaba en la contraventana como cuando una escoba de enea barre el patio de mi abuela, como cuando se pisan poco a poco las hojas secas del bosque de otoño. Era un sonido esparcido, un chasquido leve.

Arropada en el calor de mi edredón, he entreabierto los ojos, parándome a escuchar. No estaba segura de que lo que oía fuera real o parte de algún sueño del que acababa de volver y ya no recordaba. Atenta, agudizo el oído aún sin variar mi posición, esforzándome en comprender de qué se trata...

Mi casa está en el bosque, en el centro del bosque. Es una casita de madera. Apenas se compone de una sola estancia pero es suficiente para mí porque la mayor parte del día la paso en él. Yo pertenezco a este bosque, soy uno más de sus habitantes. Llegué aquí no sé muy bien cómo -porque era pequeñita como un granito de arroz o incluso más... ¡como uno de mijo!-. Quizá un pájaro me trajo en su pico, quizá la brisa me sopló, suave, mientras dormitaba en una flor. Es un misterio el de mi llegada pero, una vez aquí, pertenezco a este bosque, soy de este bosque.

Vuelvo al calor de mi cama y escucho de nuevo...

Hablan las hojas en la espesura. Conozco su lenguaje. El viento de la noche, no demasiado fuerte, juega con ellas, alborotándolas. Y ellas ponen carita de quejarse y lo hacen con un frufrú apagado. El viento las acaba de despertar, pero están contentas. Son incansables. Les encanta, sea la hora que sea, jugar y parlotear. Viento lo sabe y viene hasta ellas, dulce y cariñoso, y así se siente acompañado. Es duro vagar por los aires sin meta, rodar y rodar por el mundo, ver todas las cosas bellas, admirarlas, amarlas y no poder quedarse ni echar raíces nunca. Por eso disfruta con los árboles. Se agarra a ellos, los zarandea en un fuerte abrazo y, por un instante, se encuentra anclado y ya no se siente tan solo.

De nuevo el roce ahí afuera. No estoy asustada. Algo en él me resulta familiar. Me giro para observar la ventana, bien tapadita y aún al calor. Apenas se filtra un haz de luna, blanquecino, y las luces y sombras de las copas de los árboles perseguidas por el viento llenan la estancia. Distingo una voz, una voz leñosa y pausada que me habla: "¿Vienes a jugar?"

¡Es mi roble! Mi hermoso roble que me da cobijo, que me proteje, que me cuida y me acompaña siempre, siempre. Agachado, doblado sobre su tronco, se ha acercado a mi ventana para invitarme a salir en esta noche de luna y de viento suave.

Perezosa... Me estiro en mi cama. Me la hicieron los duendes con una ramita de mi árbol. Mi cama y mi casa, todo está en él. Jugueteo con los dedos de los pies mientras pienso qué haré. ¡Se está tan a gusto recogidita bajo el edredón! Insiste la voz: "Pequeña, vamos, queremos jugar contigo"...

¡Está bien! Cierro los ojos, me estiro con fuerza y sin querer pensar, para que no me pueda la pereza, me levanto de un brinco y aterrizo en el suelo al pie de la ventana. Pruebo a estirar mis alas. La derecha está un poco entumecida. Las ejercito aleteando despacio. Una vez, otra, otra más... Siiii... Ya puedo salir. Me asomo a la puerta. Amable, una rama del viejo roble está esperándome para trasladarme al lugar de juego. Esa rama que sonaba como un arañazo, suave, desorientado, que rozaba en la contraventana como cuando una escoba de enea barre el patio de mi abuela, como cuando se pisan poco a poco las hojas secas del bosque de otoño y cuyo sonido, como esparcido, sólo era un chasquido leve.

Tengo que ir con mi bosque. Me poso sobre ella y, apenas un instante después, me encuentro inmersa en él. Sólo se oye el silbido del viento, el frufrú de las hojas, la voz leñosa de los troncos y el batir de unas alas pequeñas, de un hada muy pequeña, tan pequeña como un granito de arroz o más aún... ¡como uno de mijo!

El bosque juega.

©Paloma


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http://es.youtube.com/watch?v=J6IBjh86-HY

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Aunque no sé contar cuentos, en ocasiones mi hada me toca con su varita, rocía sobre mí una pizquita del mágico polvo de hadas y, gracias a su encantamiento, soy capaz de contar en un breve relato aquello que de su mundo me muestra.

¿Te ha gustado?


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sábado, 3 de noviembre de 2007

Te la presto un ratito

Presentada a Los sábados de Mercedes, billete para el viaje en bus del 2-05-09
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Regalo para Emi


Sonrío...




Tengo un hada en el bolsillo. Entreabro apenas el borde... ¿Ves la fosforescencia? Ahí está. Diminuta como una luciérnaga. Tímida. Parpadeantes sus ojos.



Enderezo la palma de mi mano. Se alza hasta ella. Sus alas de seda batiendo nerviosas. Su sonrisa plena. No en vano debe pasar mucho tiempo al abrigo de mi chaqueta y le gusta salir. La ciudad le es hostil. Sin querer, la dañarían...



Te ve... Te reconoce... Sin palabras revolotea hasta ti... despaciosa, juguetona, haciéndose desear... Ríe y se posa al fin sobre tus dedos.



Sientes su levedad. Tu corazón brinca. Es real. Está contigo... La acercas hasta tus ojos, húmedos, contemplándola, queriendo grabar en tu retina cada detalle. Te miran dos círculos risueños, enormes, dulces, en un halo luminoso que inunda tu dentro y te llena de paz.



Te la presto un ratito...



©Paloma

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domingo, 14 de octubre de 2007

Otra vez será...




Êndrîn acostumbra a revolotear a mi alrededor. Es un hada diminuta, alegre, vivaz, de dulce sonrisa y penetrantes ojos rasgados. Incansable, se acerca, se aleja, una y otra vez, con un pequeño zumbido zzz...zzz...zzz de sus alitas como de papel, en un vuelo arriba y abajo contínuo. Busca llamar mi atención. Observa mi reacción y yo, que lo sé, simulo ignorarla.



Descanso. Luce el sol en este día de mediados de Octubre y mi balcón, orientado al Suroeste, es parte de su camino. La tarde es preciosa. Cálida. Primaveral en otoño. ¡Qué pena! -pienso-. Esta semana ya han talado las ramas de los falsos plataneros que hay fuera. Aún mantenían su follaje verde y abundante del verano. Y hasta ahora, con sus copas repletas a escasos dos metros de la baranda, talmente mi balcón era un árbol más entre ellos.

Mi casita del árbol. Sonrío al evocarlo. Les han dejado grandes muñones y siento tristeza por ellos. Aquí está, de nuevo. Se asemeja a un colibrí. No es mayor su tamaño. Se sostiene, batiendo las alitas, a apenas unos centímetros de mi nariz. La siento. Percibo su mirada fija esperando que abra los ojos. Se está tan a gusto. Y me da tanta pereza hacerle caso. Hago un mohín. Sé lo que quiere. Tanta luz del sol me hace daño. Los entreabro. Se da cuenta. Sonríe contenta y, de nuevo, revolotea incansable a mi alrededor.

No me habla con palabras. De algún modo, llegan sus pensamientos hasta mí y viceversa. Me toma de la mano. Quiere llevarme hacia mis pinturas y bolígrafos de colores. Los tengo abandonados. Lo he intentado. He intentado dibujar y escribir de nuevo. Soy un pozo seco. De mí no sale nada. Sólo puedo admirar la belleza que expresan los demás. Pero, yo, hace tiempo que no siento nada. Que no encuentro nada que contar. Estoy yerma.

Me mira con sus ojillos traviesos, apremiándome. Intento ahondar en mí, busco en lo más profundo. Oigo susurros, voces, risas, canciones de seres de fantasía... pero tan lejos, tan lejos... Insisto. Êndrîn me anima con un gesto de su cabecita. Venga, me dice. Otra vez.

Cierro los ojos intentando hacerle caso. Es una sensación placentera en esta tarde. Todo es cálido alrededor. Una brisa suave me acaricia. Me siento mecida, acunada en mi balcón... El zzz...zzz de mi hada me recuerda lo que debo hacer. Observo mi dentro. Me siento respirar pausada. Me siento latir. Procuro escuchar. Agudizo el oído interno. En algún rincón están las voces. Sí. Me llegan lejanas, pequeñas. Más presentidas que escuchadas. Busco desentrañar los sonidos. Pero no me hablan a mí. No puedo llegar. Todavía no puedo. La desilusión me invade.

Êndrîn me ha cogido la mano mientras tanto. Sabe que lo paso mal y que es ella la que me ha obligado. Y me obliga porque sólo ella debe y lo puede hacer. Tranquila, me dice su sonrisa. La próxima vez será. Y se acurruca conmigo. Sus alitas cesan de batir y sus minúsculas manos aprietan con dulzura la mía.

Sí. Otra vez será.


©Paloma

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