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jueves, 13 de marzo de 2008

Las cartas

Añoro las cartas, ésas manuscritas y en papel que, antes de la llegada de internet y de los móviles, empleábamos a menudo para comunicarnos contándonos lo que nos sucedía (cambios de casa, vacaciones, estudios en otras ciudades...)

A mi casa llegaba todas las semanas la carta de mi abuela
(abuelita). Era primero leída por mi madre y mi padre y después, previa censura, nos era leída a todos los nietos, La escuchábamos con atención. Hacíamos repetir los párrafos que más nos gustaran. Incluso la carta completa.Y mi madre respondía religiosamente a cada misiva de mi abuela. Así fue hasta la muerte de esta última.

Pocas personas encuentro hoy en día a las que no seduzca más una llamada por teléfono que una carta. Y sí, para un aviso rápido, para una aclaración... para algo práctico, es útil el teléfono. Pero la carta tiene la riqueza de que no se marchará al colgar, no olvidaremos las palabras o el tono porque de nuevo puede ser leída y releída innumerables veces evocando lo que en ella se cuenta, teniéndolo dentro.

He guardado y guardo aún las cartas que el entonces novio mío, que se encontraba en la mili, y yo nos escribimos. Y las saboreé en múltiples ocasiones a lo largo de nuestra vida en común. Hoy ahí están, una parte de nosotros que ya terminó pero que fue. Seguramente no las volveré a abrir o... ¿quién sabe?

Y me gusta recibir cartas, aunque ahora no sean manuscritas... Conversaciones a las que poder volver cuando se tiene la necesidad... ¡Qué bonita es la espera de una carta! La imaginación, la fantasía, idean mil comentarios posibles dentro de la misma antes de su llegada.

Escribir cartas ayuda a interiorizar, a sacar de uno mismo que se encuentra sólo ante el papel, mucho más de lo que lo pueden hacer otros medios de comunicación...


©Paloma

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