...Sígueme, te llevo por los más escondidos rincones del Nido...



jueves, 26 de junio de 2008

Y llega el día

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Y llega el día.

La luz deshace los fantasmas.
Los esfuma.


Esos que entran, furtivos, cuando nadie los ve
y se te clavan sin pedir permiso devorándote el alma,
apoderándose de tus entrañas en la noche,
haciendo de ellas su reino.

Y llega el día.

No los vence.
Pero rescata.
©Paloma

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Duele

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Duele.


Abrázame, acurrúcame. Házme un arrullo de besos para llegar a mañana.

Porque duele y es físico. Y no sé cómo calmarlo. Cómo ahogarlo. No sé cómo decirle que se vaya. Que no lo quiero conmigo.

©Paloma

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miércoles, 25 de junio de 2008

¡Qué cabeza!

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La edad nos juega malas pasadas. Nunca he sido despistada, más bien al contrario, hasta el momento actual en el que soy un despiste ambulante, el despiste. He de repetirme mentalmente, incluso en voz alta, el objetivo que tengo en un momento concreto, lo que busco, porque se me cruza en el camino cuaquier tontería y lo olvido radicalmente. Recorro la casa de un lado a otro, sin rumbo claro.


Ejemplo:
Mientras sube la olla voy a guardar la ropa recogida del tendedero. Según paso por delante del cuarto de estar, veo que el sol entra a saco por la ventana y, aparte del calor que sofoca, da de pleno en el estor. Sólo me falta que lo queme. Dejo la ropa doblada en el sillón y me dirijo a bajar la persiana. Bien. Ya. A ver, ¿en qué estaba? Salgo al pasillo intentando recordar. ¡Ah, sí! Las plantas. Antes he visto que les hace falta agua. Voy a regarlas. De pronto un fuerte ruido procedente de la cocina. La olla que tiene demasiada presión, la válvula ha rebasado hace rato la segunda marca... ¡Se me había olvidado! A apagarla rápidamente pero... ¿a qué salía yo de la cocina mientras subía la olla? Ahhh, ¡la ropa! ¿Dónde la he dejado? En el sillón del cuarto de estar...

Situación de hoy.

Salía volando. Cita en Pamplona. Consulta médica... jajaja... Después de organizar la casa y desayunar, me ducho, me visto a toda prisa, tiendo la toalla, guardo el pijama, apago el ordenador, echo un último vistazo general. Vale. Llaves (casa, coche)... Vale. Móvil, que no me lo deje. Gafas de sol y de ver. Vale. Papeles del médico. Bien. ¿Segura que has cogido las llaves de casa? Sí. El bolso y a la calle. ¡Hasta luego, casa!

Según bajo las escaleras... ¿Qué tengo en la mano izquierda? Junto con el bolso y los papeles del médico. No me cuadra llevar algo con esa textura.... Jopeeeeeeee... La bragui que tenía que haber llegado al cesto de la ropa sucia.

En el asiento del copiloto ha viajado muy digna hasta el regreso.

©Paloma

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domingo, 22 de junio de 2008

Agua. Vida.

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viernes, 20 de junio de 2008

Peces de colores buscan hogar

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Se estropeó el acuario grande. Ná, ciento veintitantos litros de agua-caldito en la que mis peces tropicales parecían vivir y procrear a gusto y que este mediodía se empeñaron en abandonar su acristalado continente, justo en el momento, después de comer, en el que mi cuerpecito iba a ver satisfecha su enésima orden-súplica de "podió, túmbate en el sofá de una vezzzzzzz"...

Salgo de la cocina derechita a mi sofá y, según entro en la sala, escucho ruido de caer agua. Pienso "no es posible, ¿dónde?". Sólo puede ser uno de los acuarios (hay dos) pero ese ruido no es normal. Me gusta colocar las bombas de modo que el chorro salga por encima de la superficie (sobre todo el pequeño tiene una muy potente) y eso produce un contínuo murmullo de fuente pero tal ruido suena dentro y lo que yo oía era fuera...

Me acerco a ellos... Caxissssss, del grande caía una cascada. No sólo la cantidad de líquido que caía sino que lo hacía encima de la regleta en la que están enchufados todos sus aparatejos... Ufffffffff... Y el suelo de parquet. ¡Madre mía!

Desesperación. ¡Joperrrrrrr, no hay manera de sacar este enchufe! Zafarrancho a la búsqueda de cubo, fregona, baldes, trapos, alfombras... ¡lo que fuera! No se daba abasto. El acuario se desbordaba por la bandeja inferior. Hemos intentado moverlo un poco y ver si, aunque de malas maneras, podíamos trasladarlo hasta la cocina... ¡Ni pa dió! Con la fuerza que yo tengo no se mueve ni un milímetro... Así que hemos decidido vaciarlo antes de que se nos vaciara por su cuenta y rescatar todos los peces que fuera posible. Ya se sabe, los desastres, controlados mejor.

Menudo desaguisado. Mis peces de colores en un balde. El acuario pequeño por los suelos. El grande, de inquilino en la cocina para poder secar bien el suelo de la sala. No ocupa ná, sobre el mueble alcanza una altura de metro y pico. Vamos, que me la llena. Pero, eso sí, con promesa de mi retoño de que lo llevarían entre su primo y él a la basura por la tarde. Yo ya no me fío. Ni lo arreglo, ni lo intento.

Promesa incumplida. Sigo teniendo el muerto en la cocina.

De momento, la carpa china de agua fría ha aceptado en su más reducido hogar a los exquisitos peces de agüita caliente pero no sé cuánto tiempo será viable tal confraternización. Temperatura distinta, comida distinta... Ya tienen colgado su cartel:

................................"PECES DE COLORES BUSCAN HOGAR"
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Y yo, con la noche en blanco, ya es de día.


©Paloma

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domingo, 15 de junio de 2008

Cosas imposibles


Esta noche he soñado cosas imposibles y es curioso que las recuerde porque no lo suelo hacer. Caricias del pasado envueltas de presente. Caras que no están, que fueron pero ya no son. Sueños. Voces que fueron del alma. Sonrisas que en el alma quedaron. Atmósfera. Sueños. Y después aún he soñado un camino de montaña, hecho de barro, con fuertes pendientes, en medio del bosque. Yo, conduciendo un seiscientos por aquellos andurriales...


Ahora que lo pienso, de novios, mi ex y yo, utilizábamos el seiscientos de mi suegra y con él hicimos toda la cuadrilla expediciones increíbles. El seiscientillos nos llevó por caminos por donde no pasaban los Land Rover. Montaña arriba, cargado de personas, mochilas y útiles para la acampada... Han pasado muchos años. No sé ahora mismo hasta qué cota llegamos pero era en las Peñas de Aya, cerca de nuestra ciudad. Subíamos por donde los todoterreno se quedaban atascados. En serio. El seiscientos de mi suegra era fabuloso. Murió, pobrecito, por una sobredosis de alcoholdenoséqué que le echaron al motor y que convirtió sus tripas en fuego y su tubo de escape en lanzallamas. Por la autopista adelantábamos a los Mercedes... jajajaja... Qué tiempos, dios mío! Qué tiempos!


Pues por esos bosques húmedos iba yo esta noche con ese cochecito, no mucho menor del que tengo ahora, entre otros coches y montañeros. Caray, la vida silvestre esta cada vez más masificada. He bajado una pendiente de barro, todo en sueños, con más miedo que alma... Allá voyyyy... Ufff... Llegué abajo. Y abajo era un paraíso. He visto el letrero, Urriza (no estoy segura, pero creo que significa "avellana" ) colgado de un árbol en ese frondoso bosque. He bajado del coche y he descubierto un mundo de magia, de fuentes de agua sobre lecho de piedra y aún indago en internet por si encuentro el lugar y es real, tan real me ha parecido. ¿Se contará entre mis dotes ésa de viajar en sueños por lugares reales?


Quiero soñar de nuevo.


©Paloma

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lunes, 9 de junio de 2008

Hoy




Hoy me llueve dentro la negra tristeza
Hoy me llueve dentro y tan lejos de ti
Llueve y es tan densa, tan callada y negra
Me moja, me empapa, penetra, se adueña
y se ríe loca,
se burla de mí

Yo busco respuestas en tus ojos brunos
en su pozo hondo donde no hay confín
y ellos, seductores, me absorben, me atrapan,
me envuelven, me llevan, veloces me arrastran,
donde yo no quiero
mas quisiera ir

Es negra la noche y la tristeza, negra
¿Qué guardas oculto? ¿Qué evitas decir?
¿Quién soy? te pregunto cada día al alba
observando atenta tu mirada blanda
Y el silencio mudo
consigo de ti

Muerde la tristeza la sonrisa franca
devorando impune el suave reir
No quiero belleza si no es verdadera
Pido sola y cruda, la cruda verdad
Y ni el mismo viento
se apiada de mi

Suplican tus ojos de niño un beso
y yo, que me pierdo en anhelos de ti,
espero palabras y busco consuelo
deseo la calma, la caricia y cedo
y vengo de nuevo
a sucumbir.

Hoy me llueve dentro la negra tristeza
Hoy me llueve dentro y tan lejos de ti
Llueve y es tan densa, tan callada y negra
Me moja, me empapa, penetra, se adueña
y se ríe loca,
se burla de mí
©Paloma

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jueves, 5 de junio de 2008

Control de alcoholemia




Jueves, 9'45 de la mañana, conduzco mi coche hacia el trabajo. Voy bien de tiempo (unos cinco minutos más que el resto de los días... biennn... ) Luce el sol. Ya era hora. Útimamente lluvia y más lluvia. Al llegar a la última rotonda, construída recientemente, e ir a enfilar la salida del pueblo, parejita de la guardia civil.

Uno de ellos me indica que rodee la rotonda para situarme tras su vehículo. Lo hago un poco sorprendida. Nunca me han parado en un control policial. Mentalmente repaso, ¿papeles?, lo llevo todo, la semana pasada pararon a mi hijo conduciendo mi coche y los tuvo que sacar. Por ese lado bien. Bueno, ¿qué querrán a estas horas?

Giro y paro detrás de su vehículo, con cara de gran sorpresa. ¿No ven que soy una señora respetable?

Me saluda reglamentariamente.

-Buenos días, señora. Control de alcoholemia.

Como iba relajada se me ha saltado la risa...

-¿En serio? ¿No es un poco pronto? Joper, pienso para mí, si acabo de desayunar.

Me acerca un aparatito que yo no había visto en mi vida y me da una boquilla dentro de una bolsita precintada.

-Quite el precinto, introduzca la parte estrecha en el aparato y, por la ancha, sople hasta que se encienda la luz verde.

Sigo sus instrucciones y con todo preparado me dispongo a soplar. Soplo, soplo, soplo... no me llegaba el aire y la luz verde no se encendía.... Ufff... no puedo más, lo dejo... ¿Se ha encendido?

-No, señora, debe repetir. Coja aire y sople de modo contínuo hasta que se encienda la luz verde.

-Lo intentaré, pero avíseme cuándo se enciende porque yo no la veo.

El asiente y yo hincho los pulmones y comienzo a soplar de nuevo. Soplo, soplo, soplo, jolines la luz verde, soplo, soplo, joperrr que ya no puedo mássss... soplo...

-Un poco más, señora, ya, ya...

-Uffff... menos mal, es que no me llega el aire...

-Sí, ha valido... Comprobando el dichoso lector... Pues no, señora, hay que repetir. Vamos a ver, coja aire pero sople poco a poco, sin echarlo todo de un golpe y aguante hasta que se encienda la luz verde, ¿de acuerdo?

-Jopé, qué dificil es esto, señor agente. Estamos, estamos. Hincho los pulmones de nuevo, acerco la boca a la boquilla y comienzo a soplar pero despacico y continuado... Onde andará la luz verde de los ... grrrrrrrr...

-Siga, señora, muy bien, un poco más, un poco más...

Yo haciendo gestos con las manos, ¿pero no termino aún? y sigo soplamdo, soplando, y cuando parece que voy a estallarrrrrrr... Al fin la luz verde... Biennnnnnnnnn..

-Muy bien, señora, ahora sí.

-Jajajajaja... Madre mía, lo que hay que sudar para hacer bien este controlito. Le miro de reojo. Ufff...

-Mire lo que ha salido. Me acerca el aparato.

-Dígamelo que sin gafas no veo.

-0.00 Me dice sonriente.

-Pues lo que tenía que ser, ¿no? jajaja... Sí que están madrugadores.

-Buenos días, señora.

-Buenos días, agente.

Ya son ganas de incordiar, ¿no? Creía que me iban a llevar detenida por no soplar correctamente...

©Paloma

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Un columpio


Quiero un columpio sobre el aire nuevo

un columpio al horizonte, a las estrellas y a las nubes

Quiero un columpio a las cimas nevadas

un columpio sobre el mar y sobre la hierba y la espuma

Quiero un columpio que me despegue del suelo

que me vuelva ligera como algodón o seda

Quiero un columpio de sueños

que me meza, me lleve y me traiga a su través

Quiero un columpio de sensaciones placenteras,

de ingravidez, de ausencia

Quiero un columpio viajero por mundos y soles nuevos

un columpio de música, de reflejos de vida

Quiero un columpio bajo la copa grande de un árbol

a su sombra y sujeto, fírmemente aferrado.

©Paloma

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lunes, 2 de junio de 2008

Házlo por mí



Acerca tu mano, déjame que la coja y la atraiga aunque se resista y deba tirar de tu brazo.

Toma, te entrego la daga. Haz lo que debes. Empuña, clava, corta, desgarra y llega.

Sácalo. Está roto, ¿no lo ves? Yo sola no puedo. Ten valor. Házlo por mi.

Repáralo. Abrígalo. Cuídalo.
©Paloma

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El rincón secreto




Soy la dueña del rincón donde se guardan mis soledades, mis silencios más ruidosos, mis alegrías calladas, las penas que atenazan.

Soy la dueña del rincón donde hablo libremente. Aunque me lean. Y entreabran la puerta sin cuidado y chirríen los goznes. Y se asomen, curiosos, los ojos. Y entren y pisen. Pero yo no me doy cuenta. Ensimismada en él, a mis cosas.


Soy la dueña del rincón en que se desgrana el alma y se desnuda impúdica a pesar del frío, en la oscuridad secreta del público retiro.


Soy la dueña. Y no quiero que llegues. No quiero que vengas. No quiero que entres. No quiero que leas. No quiero que desveles el secreto de mi rincón.

©Paloma

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viernes, 30 de mayo de 2008

Amigo en el corazón



Día 30, vientecillo.

Me gustaría volver el tiempo atrás y tal día como hoy pero de hace un mes te daría un abrazo con toda el alma por si ya no te volvía a encontrar más detrás de la luz verde de este nido tuyo desde el que volabas en libertad, con tu música, por tus paisajes, con tus aves...

¿Qué decir que no te haya dicho ya?

Amigo en el corazón...

Escribiendo llegamos hasta el fondo del alma del que nos lee y nos hacemos un hueco en su corazón, un hueco que lleva nuestro nombre para siempre.

Seguro que, después de despedirte de los tuyos, abrazándolos con tus alas de gavilán del viento, también hiciste un vuelo raso por estos lugares y te acercaste a nuestros rincones y leíste nuestra inquietud por ver tu luz apagada tanto tiempo y nos acogiste y, de algún modo, te quedaste en nuestros nidos para siempre.

Amigo en el corazón...

Sobran todas las palabras. Pero aqui no hay otro modo de hacer llegar lo que se siente. Tú eras de pocas palabras y seguro que con éstas te basta para comprobar de nuevo el cariño que tenemos por ti.

Un beso fuerte, fuerte, fuerte.

(Voy aprendiendo a decirte adiós, vientecillo, wapín)

Una flor para ti, la que siempre regalabas.

©Paloma

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martes, 27 de mayo de 2008

Ya que me quieres... ¡Ven!

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La soledad se la bebe uno a sorbos

se la rasga a dentelladas

se la engulle con rabia

entre lágrimas.



La soledad se toma en plato frío

con cubiertos al rojo

No se da, no se comparte,

no se cambia.



La soledad se agarra a tus entrañas

te retuerce las vísceras

necrosa tus órganos

te devora el alma.



La soledad arrastra a los infiernos.


Ya que me quieres... ¡Ven!

No lucho más. Consiento.

Soy tuya, soledad.
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©Paloma

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Domestícame



Hace algunas horas ya que debería estar durmiendo. Se ha hecho tarde esperando algo. Algo que llegara de pronto regalándome ilusión. Algo que me arropara y cuidara con mimo. Algo que me hiciera sentir acogida.

Busco alguien que me domestique, que quiera ser especial para mí y yo lo sea para él, que me espere cada día a la misma hora, que se alegre al verme, que sea feliz junto a mí y nos necesitemos y seamos únicos el uno para el otro en el mundo.


Mis ojos, abiertos como platos, se niegan a dormir mientras la mente y el alma se mecen en la placentera sensación de pertenecer.

Buenas noches.


©Paloma

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lunes, 26 de mayo de 2008

El tiempo se va



El hombre de arena me ha dejado el corazón lleno de congoja, emocionado por el drama, por lo mísero de las existencias, por el gris y la oscuridad que todo lo baña y por el amor que se eleva sobre lo demás, filtrándose en los recuerdos, en las almas, para volverlas nuevas y puras, redimidas.

Tumbada en el sofá, miro mis pies desnudos, tan blancos, casi de niña por el tamaño, y la tristeza se asienta cada vez más dentro, estoque profundo. Ella me deja sin fuerzas, informe, anulada.

Mis pies acercan tu recuerdo, tu tacto, y el reloj me dice inexorable que el tiempo se va, que ya no queda.

Esperaba más de hoy.


©Paloma

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domingo, 18 de mayo de 2008

La niña nube

Había una vez una niña que paseaba entre las nubes, saltaba sobre los azules blanqueados y de vez en cuando jugaba al escondite con la tormenta. El rayo amenazador apenas la asustaba porque de tanto frecuentarse se habían hecho amigos.

Los parajes que veía desde las alturas eran ensombrecedores, tan magníficos como vertiginosos. Desde allí podía ver cómo los otros niños la envidiaban. Sentados en sus sillitas de enea, miraban las acrobacias de la niña nube. Y ella sonreía.

Cuando bajaba al parque todos los niños querían jugar con ella. Su risa, su dinamismo, su gracia los enamoraba. Sobre todo a los que eran inquietos y despiertos, inconformistas y curiosos. En especial uno de ojos picarones a quien ella le pintaba de colores los pantalones.

Se quedaban ensimismados escuchando sus historias. Casi todas eran mentira. O quizás demasiado verdaderas para ser creidas. A fin de cuentas, qué más daba, seguía sonriendo ella. Encontraba satisfacción entre los ojos admirados de aquellos niños, pero era un sentimiento tan liviano como el soplo del viento en su orejita. Y sentía frío.

En esos días buscaba el silencio como arropo y el soleado rayo como compañero. Si alguien despistado osaba acercarse sin obedecer al cartel de "cerrado por reforma", se enfurruñaba como una vieja cierva herida y su sonrisa se tornaba grito, su mirada acogedora fuego y su mano templada hacha asesina. Algunos, que ya la conocían, se marchaban sin siquiera molestar. Esos eran los agradecidos, a los que ella protegía.

Con su tesón y laboriosidad recomponía su interior. Donde antes hubiera sombras pintaba flores, donde quedaban guijarros colocaba almohadones y donde encontraba espigas las mezclaba con el grano espeso de la última cosecha. Después continuaba paseando por las calles de una ciudad que tan pronto era más suya que las nubes como le resultaba extraña sin el azul algodonoso de su cielo.

Como niña delicada que era, buscaba siempre una bella flor con que adornarse el pelo. No quería presumir de poseerla, sólo quería enredar sus deditos entre los pétalos olorosos del ejemplar. Y podía llegar a confundirse tanto con su hermosura, podía inhalar tan profundo su perfume que sentía después cómo el polen de la planta brotaba por sus pupilas hasta esparcirse en el ambiente.

Luego todo volvía a su lugar. La flor a su tierra, los niños al parque, las nubes al cielo y ella siempre a medio camino entre la nada y el todo.

Había consultado a los más eminentes magos, rebuscado entre los ejemplares más nobles de las letras, incluso viajado hasta un lugar muy, muy lejano, donde un extraño monje le dio un brebaje antiguo y mohoso con brotes nuevos de soja, pelos blancos de camello y tierras de antiguas culturas. Como no podía tragarlo, le permitió beber las milagrosas aguas del rio Jordán. Y le dijo:
-Entre los pliegues del perdón está tu solución.

Una mañana la nube traviesa, las más picarona y alegre, tiró de sus enaguas hasta dejarla suspendida del firmamento. Cuando despertó intento bracear para ganar altura de nuevo pero sus bracitos estaban pegados con miel de chocolate. Entonces buscó al sol por las esquinas pero en vez de sus rayos se encontró con la burlona luna menguante que le dijo:

-Espera, espera, que anda desperezándose para venir a ayudarte.

Y la niña quedó columpiándose en la acogedora luna mientras creía esperar al sol, sin darse cuenta de que, mientras la luna se quedase con ella, no llegaría el mañana.

©Finwë Anárion

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Gracias y un beso.

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Niña y paloma

Hoy me he levantado temprano, con el ánimo ligero, pleno de claridad meridiana, ésa que debe ser adquirida tras largas horas de meditación. Una claridad que eleva sobre lo terreno, principalmente sobre los afectos, tras días de dudas, de pasos adelante y atrás; que te aleja y te hace sobrevolarlos sin sentirte parte, tan sólo espectador.

Con esa claridad me he levantado, decidida. Sintiéndome capaz de mirarte, tranquila, estudiando todos tus gestos. De hablarte y dejarte hablar sin intervenir hasta que vacíes todo lo que llevas dentro, lo que nunca has dicho, lo que jamás has expresado porque no has tenido valor, porque temes perder lo conseguido. De permitirte hacerme reir y reirme sin que ello suponga resquebrajar mi lucidez.

Así me he levantado... pero ya no estoy así. Y, por otro lado, sí. Conviven en mí los dos estados. Coexisten como dos polos, como dos almas diferentes, contradictorias, antagónicas. Y sé cuándo, a pesar de ver más allá, voy a sucumbir a lo cercano, al tacto, a la sonrisa. Voy a sucumbir. Aunque no quiera y porque quiero.

Niña y paloma.


©Paloma

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viernes, 16 de mayo de 2008

Las tres toronjas


Érase una vez un viejo rey que, como estaba preocupado por su sucesión, decidió hablar con su hijo:
-Hijo mío, tienes que casarte. No moriré tranquilo si no me das un nieto y un futuro heredero de mi trono.
El hijo le contestó:
-Pero, padre, es que no me gusta ninguna de las princesas ni hay doncella que enamore mi corazón.
-No te preocupes –le dijo el padre-, tengo una idea. Repartiré aceite a todas las mujeres del reino para que vengan hasta aquí.

De este modo, el rey consiguió que una buena cantidad de mujeres llegaran al castillo a recoger el presente y, mientras, el príncipe, desde un balcón, pudo ver si encontraba alguna de su gusto. Ninguna pareció convencerle, pero de pronto vio a una graciosa gitana que caminaba salerosa abrazada a una tinaja de aceite. La gitana, por aprovechar la ocasión, también llenó de aceite un cascarón de huevo y lo llevaba sobre la cabeza.

El príncipe, divertido, le tiró una piedrecita al cascarón y el aceite se derramó sobre la cara de la gitanilla, que masculló entre dientes:

-¡Maldigo al árbol de las tres toronjas!

El príncipe, que la escuchó, le preguntó qué quería decir con aquello y ella le explicó que cerca de allí había tres princesas encantadas en un árbol; el árbol tenía tres frutos y dentro de cada uno estaba encerrada una princesa. Por si fuera poco, un terrible león custodiaba el lugar y, para engañar a todo el que se acercara, dormía con los ojos abiertos y vigilaba con los ojos cerrados.

El príncipe no se lo pensó dos veces. Montó en un caballo y partió en busca del árbol de las tres toronjas. Cuando llegó, esperó a que el león abriera los ojos, se acercó al árbol y cogió las tres toronjas.

Una vez a salvo las partió una a una y esto fue lo que le salió: en la primera apareció una princesa bellísima con un largo traje azul que con voz suave le decía:

-Dame pan y agua, que si no me muero.

Pero el príncipe le contestó:

-Pan puedo darte, pero agua no tengo.

Y la princesa se murió.

El príncipe emprendió el camino y al rato se paró. Al abrir la segunda toronja apareció otra princesa con un largo vestido rosa que le dijo:

-Dame pan y agua, que si no me muero.

Y el príncipe contestó otra vez:

-Pan puedo darte, pero agua no tengo.

Y la segunda princesa murió.

Montó el príncipe en su caballo y buscó una fuente antes de abrir la tercera toronja. Cuando la abrió salió otra preciosa princesa con un vestido blanco que le dijo:

-Dame pan y agua, que si no me muero.

El príncipe fue a la fuente y le dio agua y sacó su pan y también se lo dio. La princesa se repuso y él le contó cómo había llegado hasta allí para salvarla. Los dos se enamoraron y decidieron casarse. Pero el príncipe decidió dejarla en la fuente mientras iba a recoger una carroza para llevarla a palacio. Ella se subió a un árbol para estar a salvo de las fieras mientras esperaba.

Poco después, una sirvienta negra se acercó a la fuente a recoger agua y, al ver el bello rostro de la princesa reflejado en el agua, dijo:

-Yo tan negra y tú tan blanca. Rompo el cántaro y me voy a mi casa.

Al rato la mandaron otra vez a por agua y le volvió a pasar lo mismo. La princesa no puedo contener la risa y la criada la descubrió subida en el árbol.

-Baja y te peinaré esos cabellos tan bonitos.

La princesa bajó y, mientras la peinaba, le fue contando que estaba esperando al príncipe que tenía que venir con una carroza. La criada, celosa de su suerte, le clavó un alfiler en la cabeza y la convirtió en paloma.


Cuando llegó el príncipe, era la sirvienta negra la que estaba en el árbol. Él no supo cómo reaccionar, pero le había dado su palabra de casarse con ella y no tuvo más remedio que cumplirla.

Cuando unos meses más tarde el rey murió, el príncipe ocupó el trono. Desde ese día, una paloma lo visitaba y se posaba en su ventana cantándole:

-¿Qué hará el rey con la reina mora? Y yo, triste de mí, por el campo sola.

El rey empezó a acariciar a la paloma hasta que dio con el alfiler que tenía clavado entre las plumas. Se lo quitó y la paloma se transformó en su querida princesa. Ella le explicó lo que le había sucedido con aquella sirvienta, que fue encerrada en las frías mazmorras del castillo. El príncipe y la princesa, ya reyes, vivieron felices y comieron perdices, a mí me dieron las patas y yo no las quise.

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martes, 13 de mayo de 2008

A años luz


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Hoy, me dices...
Y yo me siento a años luz.
A años luz de distancia velada de tristeza,
a años luz de sombras que han helado el alma,
a años luz de las risas de aquel tiempo.

Hoy...
Y yo quisiera haber brincado de alegría,
que la felicidad me hubiera embargado
y, rebosando en mí, manado a chorros vuelta río.

Pero...
Hoy me siento ya a años luz.
Y no sé si tendrá remedio.

©Paloma

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sábado, 10 de mayo de 2008

Magos y niñas (Nonono)

La niña, que estaba enamorada del bosque, seguía subiendo con frecuencia. Elegía parajes no frecuentados por el mago pues andaba huidiza de él. Una tarde de mucho viento, le robó su gorro de tafetán y entre sus cabellos encontró verdades que aún no estaba preparada para reconocer.

El mago, por su parte, correteaba por la escala de agravios con cierta desincronía. Él percibía las escapadas de la niña y nervioso preguntaba a su bola mágica qué estaba ocurriendo, pero ésta sólo le mostraba un paisaje de nubes bajas y oscuras, amenazantes, como de tormenta. El mago no comprendía.

Aquella tarde la niña eligió un paraje muy profundo del bosque, un lugar tan poco frecuentado que las hierbas eran arbustos leñosos con brillos resinosos en sus hojas, olores profundos de jaras, azaleas y forsítias. Caminaba suavemente, como levitando sobre las zarzas, que escondían las espinas a su paso, cuando acertó a escuchar un murmullo entre las ramas. Al dirigir sus ojos a las alturas una paleta de colores se abrió ante sus ojos.


Un pájaro carpintero picoteaba el tronco de un abedul. En su toc-toc se podía entender la exigencia del ave. -Eres árbol, le decía, tienes por tu condición que permitirme saciar en tu madera mi deseo natural de picotearte.

El árbol inmóvil abría las cortinas de sus ojos y con mirada suplicante le pedía un poco de atención. Al ver que sus ojos llenos de brillo no eran suficiente para frenar a la entusiasta avecilla se atrevió a decir. -Me matarás si continúas con tu danza de exigencia. No lo hagas, pues quiero conservarte en el fondo de mi corazón.

Una sacudida del viento del norte ladeó tanto una rama que el pájaro casi pierde el equilibrio. Reinició su vuelo en un intento por guarecerse de la tormenta que parecía avecinarse y con él se llevó su paleta de colores. Entonces la niña se abrazó al árbol. Con amor sintió su corazón cansado y sobre su pelo cayeron lágrimas de su resina. Dejándose caer se acurrucó junto a su tronco y sin saber cómo, se quedó dormida.


A sus ojos cerrados llegaron imágenes que hoy parecían muy antiguas, bordeadas de color sepia y anudadas con lazos descoloridos. Unos dragones voladores se mecían en el cielo, una fresa de sabor exquisito derretía su jugo entre sus dedos, un manto cálido la protegía y sobre todo una luna enmarcada de estrellas brillantes que jugaba al escondite con la musicalidad de sus risas.

El árbol, que sentía la congoja de la niña porque era la suya propia, pidió a sus retoños que la abrigaran con su ramaje, si no el frío celoso de la tarde helaría sus deditos y blanquearía su piel sonrosada.

En el calor de la cueva recién improvisada, la niña se despertó sin recordar nada de su sueño, aunque el dolor de su costado le decía que llevaba mucho tiempo en la misma postura. El árbol que conocía su sueño, prefirío callar.

Cuando el graznido del cuervo le recordó a Casilda, pensó en ir a verla, pero desechó la idea al recordar al pájaro en el árbol. Ya no era tiempo de pedir consejos, se dijo, ni de buscar razones para seguir adelante. Eran tiempos para sentir más allá de su piel curtida, tiempos de atreverse a pedir lo que quería para ella, tiempos para elegir cómo sonreír....y tiempo para saber hasta dónde quería adentrarse en las confusiones de los otros.

El gorrión con su canto de cortejo volvió a recordarle al mago. Colocaré de nuevo el gorro sobre su cabeza y olvidaré las verdades encontradas entre sus cabellos. Sonrió. Sabía que eso no era posible. Cada acción va dejando el surco indeleble sobre el barro y cuando el sol del razonamiento lo seca quedan pocas posibilidades de suavizarlo si no viene el tiempo y la distancia en su auxilio. El tiempo siempre fue un personaje mentiroso. Ella lo conocía bien.

Recogeré unos pocos leños y se los acercaré a su puerta. Su corazón anda algo frío y mi cariño envuelto en esos leños le hará bien, pensó la niña.

El camino hacia la cueva fue lento y sin la chispeante alegría de antaño. Un miedo oscuro se escondía entre sus orejas, si el machete del hombre andaba cerca del mago, éste no dudaría en utilizarlo. Desde su pasión encendida se olvidaría de la mirada suplicante infantil y, como el pájaro, se convertiría en asesino de su generoso cariño. Sí, se dijo, definitivamente dejaré los leños frente a su puerta y con paso rápido volveré a la aldea.






©Finwë Anárion


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